La línea divisoria

//Pr. Luis A. Núñez\\

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15)

El verbo usar bien o manejar, en el griego es literalmente “cortar”, si tú cortas bien la Palabra de la verdad serás un obrero y un hijo de Dios que no tendrá de qué avergonzarse. Martín Lutero dijo que el hombre que puede distinguir entre la ley y la gracia es el verdadero teólogo, él continuó diciendo que puedes oír una predica que sea bíblicamente correcta, pero si el predicador no supiera distinguir entre ley y gracia, eso no ayudará en nada a las personas. Él también dijo que la ley es para los soberbios, el evangelio de la gracia es para los quebrantados de corazón, Lutero hizo una distinción entre ley y gracia y trajo la reforma.

¿Cómo nos presentamos aprobados delante de Dios? no es con tu esfuerzo propio, no es con lo que lograste, es creyendo y entendiendo la diferencia entre el principio de la ley y la gracia, el favor inmerecido. Tu aprobación delante de Dios viene a través de presentarte creyendo en su gracia y sabiendo que fuiste libre de la condenación de la ley. 

La gracia es la decisión por una vida plena, decides vivir a través del merecimiento o decides vivir a través del reconocimiento del favor y gracia sobre ti. Aprendes a vivir entendiendo claramente la línea divisoria entre la ley y la gracia o vivirás continuamente en una falta de identidad y constante condenación.

Veamos una historia maravillosa: 

“Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, maestro, ten misericordia de nosotros! Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados. Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano. Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado” (Lucas 17:11-19) 

Los leprosos tenían llagas y heridas en la piel. En realidad la lepra se manifiesta con diferentes características. La más común, al parecer, era la enfermedad de Hansen, la que bloqueaba la sensibilidad y luego producía el deterioro de la piel, así como la caída de trozos de piel y carne. En nuestro medio tenemos una especie de lepra conocida como la “uta” o leismaniasis. Esta gente sufría demasiado, no podían salir libremente y tenían que tener campanas en la ropa para anunciar que llegaban a algún lugar y cuando las personas se acercaban a ellos debían gritar “¡inmundo! ¡inmundo!” para que la gente se alejara de ellos. Según el historiador judío Josefo, estas personas eran consideradas muertos en vida.

Podemos decir que estos leprosos representan a la iglesia, porque el número diez es un número que en la Biblia significa “algo completo” y a la vez un todo, representa a algo en su totalidad. Un ejemplo son los diez mandamientos, que representan a todos los mandamientos o los diezmos que representan a todo lo que tenemos, también mencionemos la parábola de las diez vírgenes, que representan a toda la iglesia. Entonces, estas eran diez personas sin futuro, condenadas, acusadas por su pecado, diez personas bajo maldición, que deciden creer en Jesús y por causa de ello son limpias ¡esa es la iglesia! personas contaminadas por el pecado y sin esperanza, que un día creyeron y por el creer alcanzaron perdón y fueron limpios por la fe.      

Ellos dejaron de verse a si mismos para mirar a Cristo, dejaron de mirar su condenación, porque inicialmente ellos creían que su condición era consecuencia de su pecado o el de sus padres (Juan 9:1), esa era la posición general de quien vivía en la ley. Ellos vivian en esa posición de ser “inmundos”, pero cuando miraron a Cristo, vieron en Él esperanza, “Cristo es la puerta de esperanza en el valle de la aflicción” esa es la gracia. Hoy gritamos ante las personas ¡soy limpio! ¡soy limpio! ¡soy limpio por la sangre de Cristo! Cada vez que estés ante las personas, predícales del amor, de la gracia y el perdón en Cristo. Ellos creyeron y por eso fueron limpios ¡esa es la tarea de la iglesia!

Algo muy importante es que solo podían presentarse ante los sacerdotes si habían sanado y efectuado el rito de purificación que duraba siete días y al octavo eran declarados limpios por el sacerdote que hacia todo un rito de purificacion (Levítico 14:1, 23 ). Observa algo más, ellos obedecieron porque confiaron en lo que Jesús les dijo. En la nueva alianza la raíz es la fe y el fruto es la obediencia, contrariamente, en la antigua alianza, la raíz era la obediencia, ellos obedecían para recibir bendición, perdón y salvación. En la nueva alianza obedecemos porque primero creemos.

La línea divisoria  

Imaginemos a estos hombres, caminando y de pronto son sanados, lo natural es que hayan gritos y saltos de alegría, abrazos, etc. pero en el momento en que cayeron en cuenta realmente que habían sido limpiados, imagino que se detuvieron y tuvieron que tomar una decisión, es como si se marcara un línea divisoria. Participamos del rito de la purificación y así aseguramos nuestra sanidad (vivir por el merecimiento) o volvemos con Jesús para vivir por gratitud. Este fue un punto crucial donde era continuar con el camino hacia los sacerdotes, en otras palabras, decidir por una vida religiosa bajo la ley, vivir una vida basada en la obra humana para mantener la bendición o volver a los pies del Salvador, para vivir una vida de gratitud continua por el favor recibido. Decidir hacer el ritual les “aseguraba emocionalmente” su milagro, pero siempre existiría el temor a perder su sanidad por alguna cosa mal hecha en el ritual, sería una sombra continua que no les permitíria ser felices plenamente, como sucedió con los Gálatas a quien el apóstol Pablo les dice:

“¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado? Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? ¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?¿Tantas cosas habéis padecido en vano? si es que realmente fue en vano. Aquel, pues, que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe?” (Gálatas 3:1-5) 

El que no merece 

En ese tiempo los extranjeros, aunque por la ley debían ser acogidos, en la vida real eran rechazados porque eran idólatras, comían chancho, vestían de manera diferente y tenían prácticas que eran distantas a las suyas. Quien cree que merece no agradece, ya escuché de personas que dicen: “¿por qué voy a darle gracias? es mi derecho o es su deber”. Al ver Jesús que solo regresa uno pregunta por los demás ¿por qué era tan importante esto? en realidad no era por Jesús, era por ellos, pues solo quien reconoce la gracia vive agradecido.  Casi en todas las epístolas de Pablo nos insta a ser agradecidos ¿Por qué? Porque la gratitud nos lleva al reconocimiento de favor. 

“Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:18) 

La gratitud, produce paz y no hay nada mejor que una vida con paz. Reconocer que todo lo bueno proviene de Dios y que todo lo que tienes es su gracia abundante, te introduce en su paz, en el descanso. Solo un leproso experimentó esto, los otros estaban en una especie de estrés, haciendo un ritual que asegure su milagro, pero el samaritano, solo disfrutaba su milagro. Reconocer gracia es saber que todo proviene de su caracter que es amor..

Mira, lo voy a poner así, imagina que te están enseñando a conducir un carro y el que te está enseñando es el dueño del carro. Él te dice: “Cualquier rasguño lo pagas, pero como esta pintura no hay aquí te costará mucho arreglarlo. Además el carro no tiene seguro, así que si hay un choque pagarás los daños”, pero veamos otra escena, te enseñan a conducir y el que te enseña es el dueño del carro y te dice: “Mira, tranquilo, si algo pasara yo lo pago, es mas ya pague a una aseguradora un monto extra por cualquier accidente” ¿Qué es lo que sientes? Paz, porque sabes que sin merecer nada el dueño del carro lo hizo todo por ti, reconocer eso te da paz ¡aleluya!   

“Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con alabanza; alabadle, bendecid su nombre. Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia y su verdad por todas las generaciones” (Salmos 100:4-5)

Todo esto te da censo de propósito, porque te recuerda tu nueva oportunidad y te lleva cada día al reconocimiento de su perdón y te faculta para perdonar, te hace prisionero de la esperanza, que es Cristo. Además, la gratitud te da censo de ser privilegiado y ese es uno de los sentimientos que te hacen reinar en vida. Juan expresaba eso por se refería a si mismo como “el discípulo a quien Jesús amaba”, se sentía privilegiado por su amor ¡Eso es vida abundante!

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