//Pr. Eliud Cervantes\\

Una de las marcas de los Radicales Libres es que somos hijos amados. Esa verdad tiene que estar siempre presente en nuestro día a día. Fue esa verdad que sostuvo a nuestro Señor Jesús desde el primer día de su ministerio hasta el último momento cuando tuvo que ir a la cruz. La primera cosa registrada en los Evangelios que Dios Padre le dijo a nuestro Señor fue: “Tú eres mi hijo amado” (Mateo 3:17).
Cuán importante es que nosotros también creamos en el amor de Dios. Muchas personas si les preguntas si es que saben si Dios los ama, ciertamente su respuesta será afirmativa; pero pocos creen en esa verdad. Y es esa verdad lo que va determinar la manera cómo vas a vivir tu vida cristiana y cómo también servirás a nuestro Señor.
La parábola de los talentos
En la parábola de los talentos, vemos respuestas diferentes de los siervos debido justamente a la visión equivocada que tenía el último siervo.
“Porque el reino de los cielos es como un hombre que, yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes. A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos. Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos. Pero llegando también el que había recibido un talento, dijo: Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo” (Mateo 25:14-15, 18-19, 24-25)
Lo que podemos ver en esta parábola es que los dos primeros siervos, sin la necesidad de que su señor les diga algo, ellos fueron y negociaron con el talento que habían recibido. Eso ya nos muestra la visión que tenían de su amo y que conocían su corazón. Sin embargo, cuando llega el tercer siervo, que la palabra del Señor lo llama como “siervo malo”, nos muestra una actitud diferente. ¿Por qué? Porque tenía una visión distorsionada de su amo. La palabra del Señor nos muestra que él veía a su amo como un “hombre duro”, lo cual en el original significa “hombre severo o violento”. Esa era la forma cómo veía a su amo. Todavía lo acusó de pedirle lo que no era suyo. Al decirle: “siegas donde no sembraste”, estaba afirmando que lo que estaba pidiendo el Señor no era de él. Pero cuán distinta es la actitud de los dos primeros siervos, ellos eran conscientes que sólo eran mayordomos de esos talentos.
Cuantas veces nosotros también actuamos de esa manera, creyendo que todo es nuestro y que Dios nos quiere quitar muchas veces; sin embargo, la palabra de Dios nos muestra que somos “administradores” de los bienes de nuestro Dios. Por ejemplo, esa visión se puede ver claramente en la manera cómo lidiamos con nuestros diezmos y ofrendas.
Por tanto, la manera como ves al Señor, va determinar la forma como usas tus dones, talentos y todo lo que tienes delante de Dios. También afectará tu forma de relacionarte con Dios, si es con libertad o con miedo; porque, precisamente fue eso lo que pasó con el tercer siervo. Su afirmación: “por lo cual tuve miedo”, revela la forma cómo veía a su señor.
El miedo normalmente es resultado de ver a nuestro Dios como alguien airado, alguien malo, que está esperando el momento de nuestra falla para poder acabar con nosotros. Sin embargo, nuestro Señor es todo lo contrario. Él es un Dios de amor. Allá en el Edén, donde se originó el miedo, nuestro Dios no buscó a Adán para matarlo, sino para salvarlo. Ese mismo Dios también está con nosotros.
El episodio en Nazareth
Otro momento en la Palabra del Señor, donde vemos la visión distorsionada de los religiosos y de las personas en general en relación a Jesús se dio en Nazareth. Primero tenemos que entender que nuestro Señor Jesús vino a revelar, de forma visible, al Dios que todos los judíos sólo habían escuchado. Él vino a mostrar al Dios que podía suplir cada una de las necesidades que tenían esas personas.
“Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor. Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lucas 4:16-21)
El v.21 nos dice que luego de que Jesús afirmara que en ese momento la Escritura se estaba cumpliendo, las personas no solamente no le creyeron, sino que intentaron hasta matarlo (v.29), estaban llenos de ira. La pregunta es: ¿Por qué a alguien que vino a suplir sus necesidades intentan matar? Jesús en ese momento estaba mostrando el corazón del Padre, de querer salvar al que se había perdido; pero ellos no quisieron. ¿Por qué? Porque tenían una visión errada de nuestro Señor Jesús.
De igual manera, muchas veces la visión errada de su amor nos impide de poder recibir algo de Dios o mucho más de Él. Normalmente vivimos creyendo que somos bendecidos por causa de nuestras obras o comportamientos, o en muchos casos, vemos a nuestro Dios como alguien malo que no nos quiere dar o suplir nuestras necesidades; sin embargo, Jesús nos muestra que Él estaba con la unción para poder suplir cada necesidad en ese lugar, pero nadie pudo recibir nada debido a la visión que tenían de Él.
Lo que entristece a nuestro Dios
“Otra vez entró Jesús en la sinagoga; y había allí un hombre que tenía seca una mano. Y le acechaban para ver si en el día de reposo le sanaría, a fin de poder acusarle. Entonces dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte en medio. Y les dijo: ¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida o quitarla? Pero ellos callaban. Entonces, mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana” (Marcos 3:1-5)
Una vez más vemos aquí otro momento donde la percepción de las personas, principalmente de los religiosos, estaba impidiendo la manifestación del amor de Dios sobre la vida de una persona que tiene la mano seca. Ellos estaban más preocupados con las cuestiones religiosas que salvar la vida de una persona. Fue esa actitud, la falta de compasión, que enojo y entristeció a nuestro Señor Jesús. Si hay algo que entristece a nuestro Dios es que pensemos qué Él no nos ama.
La ira de Dios no está más sobre tu vida
La Palabra del Señor nos dice en Romanos 5 que, por causa de la obra del Señor Jesús en la cruz, ya fuimos salvos de la ira.
“Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira” (Romanos 5:9)
Debemos creer y afirmarnos en esa verdad. Que la ira de Dios no está más sobre tu vida, que su favor está sobre nosotros como el rocío sobre la hierba (Proverbios 19:12); pero el diablo es astuto, nos lleva a creer que Dios está molesto y airado con nosotros y en realidad es esa mentira la que nos torna devorables delante del enemigo. Fue precisamente eso que Pedro nos alertó:
“Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros. Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:7-8)
Aquí podemos ver que cuando colocamos todas nuestras ansiedades y preocupaciones delante del Señor, el enemigo no podrá tocarnos; sin embargo, en el momento que dejamos de confiar en el cuidado de Dios, el enemigo nos puede devorar y destruir; por tanto, nunca dejemos de confiar y creer en el cuidado y la bondad de Dios.

