//Pr. Eliud Cervantes\\

La semana pasada comenzamos a ver sobre la importancia de ver a Jesús en la Palabra, la centralidad de Cristo en las Escrituras, lo cual nos llevará a vivir una vida llena de fe, de esperanza y creyendo en los propósitos del Señor. Esa fue la experiencia de los discípulos camino a Emaús. En un primer momento ellos se encontraban tristes, decepcionados, sin esperanza y se estaban alejando del propósito del Señor.
“Y les dijo: ¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis, y por qué estáis tristes?” Lc 24:17
Ellos estaban tristes debido a que tenían una idea equivocada de Jesús, ellos lo veían sólo como un medio para cumplir su objetivos: “Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel…” (Lc 24:21a). Es justamente de eso que debemos cuidarnos, de tener una imagen distorsionada, una expectativa fuera del propósito de nuestro Señor Jesús. Y ¿Cuál fue la solución para ellos? Ver a Jesús en la Palabra.
“Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” Lc 24:32
La respuesta a cualquier desafío en las diferentes áreas de nuestra vida, en el trabajo, en la familia, en la crianza de los hijos, etc., es ver a Jesús. Y cuando lo vemos, de alguna manera, la perspectiva, la sabiduría llega, las impresiones divinas te guían; pero todo viene de ver al Señor Jesús.
Es así que comenzamos a ver la profecía de Jacob, que son también una bendición, sobre la vida de sus hijos, y todo cobra sentido cuando colocamos a Cristo en las Escrituras, porque todo el Antiguo Testamento trata de Jesús. El propio Señor Jesús lo dijo: “Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él.” Jn 5:46
Por ejemplo, en la bendición sobre Gad (tropa en Hebreo), Jesús es aquel que nos ayuda a triunfar sobre cualquier tropa, como lo fue en la vida del endemoniado gadareno. En la bendición sobre Aser (deleite en Hebreo), Él es el pan que trae sanidad sobre nuestras vidas. Y me gustaría continuar viendo las demás profecías o bendiciones.
3. Jesús, aquel cuya palabra te libera
La bendición sobre la tribu de Neftalí
«Neftalí, cierva suelta, Que pronunciará dichos hermosos». Génesis 49:21
La tierra de Neftalí, en las regiones que rodean el Mar de Galilea, es donde Jesús realizó dos tercios de sus milagros en los Evangelios. Durante su tiempo en la tierra, el Señor anduvo liberando a la gente de toda clase de ataduras. “El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz…” (Mt 4:16)
Es en las orillas del Mar de Galilea donde Jesús pronunció el Sermón del Monte, que aún se considera una de las obras escritas más bellas. Allí, Jesús se encontró con la mujer atada por una enfermedad durante 18 años. Con solo una palabra del Señor, la mujer que había estado atada durante 18 años fue sanada inmediatamente (Lucas 13:12).
«Y a esta hija de Abraham, que Satanás había atado dieciocho años, ¿no se le debía desatar de esta ligadura en el día de reposo?» Lucas 13:16
Jesús anduvo liberando a la gente de aquello a lo que antes estaban atados. Incluso hoy, podemos estar atados por pensamientos negativos y depresivos, pero Jesús vino para liberarnos de ellos. Solo Jesús puede liberarnos verdaderamente. No te pierdas lo auténtico que es conocer a Jesús. Hay muchos que dicen: “Yo soy libre”; sólo el Hijo nos puede liberar. Hay muchas cosas que saber en este mundo, pero el único conocimiento que necesitas es el conocimiento de Jesús.
«Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová…» (Jr 9:24).
4. Jesús, aquel que te tiende la mano sin importar cuán lejos estés
La bendición sobre la tribu de José
«Rama fructífera es José, Rama fructífera junto a una fuente, Cuyos vástagos se extienden sobre el muro.» Gn 49:22
En tiempos de Jesús, había un muro, llamado muro de separación, entre judíos y gentiles en el templo de Dios. José es uno de los tipos más claros de Jesús en el Antiguo Testamento. José fue amado por su padre, pero rechazado por sus hermanos. Dios Padre dio a su Hijo unigénito, Jesucristo, pero fue rechazado por los suyos, Israel. ¿Puedes ver un árbol fructífero sentado sobre un pozo? ¿Te recuerda algo?
«Y le era necesario pasar por Samaria. 5 Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José. 6 Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta» Juan 4:4-6
Sicar estaba ubicada en la zona donde vivían los gentiles. La mujer samaritana, que era gentil, no debía interactuar con los judíos. Sin embargo, las bendiciones de Jesús traspasaron el muro que separaba a judíos y samaritanos.
Incluso cuando estaba cansado del camino, Jesús seguía ministrando y derramando su gracia sobre la mujer. No importa cuán lejos o distante te sientas del Señor, Él siempre tiende un puente para llegar hasta ti. No hay pecado demasiado grande ni pecador demasiado perdido al que el Señor no pueda ni quiera alcanzar.
5. Jesús, aquel que trae vida a toda situación muerta
La bendición sobre la tribu de Isacar
«Isacar, asno fuerte Que se recuesta entre los apriscos; Y vio que el descanso era bueno, y que la tierra era deleitosa; Y bajó su hombro para llevar, Y sirvió en tributo» Génesis 49:14-15
Una de las ciudades de esta tribu es Naín. «Naín» es la palabra hebrea que significa «agradable» o «hermoso o belleza». Esto sucedió al día siguiente de una serie de milagros, que culminaron con la curación del siervo del centurión en Cafarnaúm.
«Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran multitud. 12 Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad» Lucas 7:11-12
En la puerta de Naín, dos grupos de personas se encontraron. Jesús venía con una gran multitud de Cafarnaúm mientras una procesión fúnebre salía de la ciudad.
«Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores. 14 Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate. 15 Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre.». Lucas 7:13-15
Esta es la primera vez que a Jesús se le llama «el Señor» en el evangelio de Lucas porque Él es el Señor de la vida. En la puerta de Naín, la muerte y la vida se encontraron. La costumbre de ese día era seguir la procesión cuando uno se los encontraba, pero Jesús los desvió.
«No llores» — El Señor consoló a la viuda incluso antes de sanar a su hijo. Jesús resucitó al niño y lo envió de vuelta con su madre. No pidió nada a cambio. En los Evangelios, Jesús nunca realiza un milagro ni ordena a nadie que lo siga. Él nunca utiliza su milagro como motivo para que le sirvas.
La comparación de lo que sucedió con Jesús y Eliseo
Había una ciudad frente a Naín donde tuvo lugar un milagro similar, y las dos ciudades estaban separadas por una colina llamada Moreh. Hay un paralelismo entre la historia de Eliseo y la mujer sunamita, y la historia de Jesús y la viuda de Naín. En Sunem, el profeta Eliseo resucitó a un niño de entre los muertos. En Naín, Jesús resucitó al único hijo de la viuda.
Primero, la comparación está en los nombres: Eliseo — Significa Elohim salva y Jesús — Significa Yahvé salva. Elohim puede referirse a un Dios lejano, pero Yahvé es un Dios cercano a nosotros, un Dios que cumple su pacto. Eliseo tuvo que hacer un gran esfuerzo —necesitó tres intentos y oró al Señor para que resucitara al niño. A Jesús le bastó una palabra para resucitarlo.
«Entonces llamó él a Giezi, y le dijo: Llama a esta sunamita. Y él la llamó. Y entrando ella, él le dijo: Toma tu hijo». 2 Reyes 4:36
Eliseo tuvo que pedirle a la madre que tomara a su hijo, mientras que Jesús «se lo presentó a su madre» (Lucas 7:15). En todo sentido, Jesús es superior incluso a los profetas más grandes, tanto que quienes presenciaron el milagro lo llamaron «un gran profeta se ha levantado» (Lucas 7:16). Cuando Jesús está presente, un lugar de muerte y tragedia se convierte en un lugar de victoria.

