La incredulidad nos lleva a la demora del disfrute

//Pr. Luis A. Núñez\\

El domingo pasado compartimos que la manera de experimentar las promesas de Dios es cuando la fe se une a la gracia. La gracia ya fue otorgada, pero para que experimentes la promesa necesitas creer, así fue con Sara y Abraham, así fue con la venida de Jesús. Hoy quiero ver con ustedes como la incredulidad determina una pérdida de tiempo.

“En el mes tercero de la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, en el mismo día llegaron al desierto de Sinaí” (Éxodo 19:1)

Después de salir de Egipto, al tercer mes, llegaron al desierto del Sinai y en Deuteronomio 1:2 dice que de allí el camino les demoró once días más hasta Cades Barnea, de donde salieron los espías a la tierra de la promesa. Si ellos hubiesen creído, como lo hizo Josué ¿cuánto tiempo hubieran demorado? La realidad nos muestra que el viaje debía ser rápido, pero demoraron cuarenta años. Muchas personas han perdido tiempo por no responder a Dios. Este no es tiempo de ir lento, la vida es tan corta y no hicimos aun nada para Dios. Si en tu corazón no hay un sentimiento de urgencia vas a caminar cuarenta años en el desierto. En el desierto no hay nada, no se edifica, no se establece nada, no se proyecta para el futuro, es tiempo perdido, en blanco.

Dios permite un tiempo de desierto para cada uno de nosotros, como en el caso de Jesús. Ese tiempo de desierto trae el aprendizaje que requerimos, aprendemos que no solo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra de Dios, pero este desierto no  debe durar cuarenta años, no es una vida entera. Lo que debería haber sido una crisis momentánea duró una vida entera porque no fue vivida en el propósito de Dios, así acontece con nosotros porque no creemos. Dios le dijo a Moisés:

“Y Jehová dijo a Moisés: ¿Hasta cuándo me ha de irritar este pueblo? ¿Hasta cuándo no me creerán, con todas las señales que he hecho en medio de ellos?”           (Números 14:11)

Frente a la declaración de Dios, Moisés intercede por ellos:

“Perdona ahora la iniquidad de este pueblo según la grandeza de tu misericordia, y como has perdonado a este pueblo desde Egipto hasta aquí” (Números 14:19)

Dios le responde:

“Entonces Jehová dijo: Yo lo he perdonado conforme a tu dicho. Mas tan ciertamente como vivo yo, y mi gloria llena toda la tierra, todos los que vieron mi gloria y mis señales que he hecho en Egipto y en el desierto, y me han tentado ya diez veces, y no han oído mi voz, no verán la tierra de la cual juré a sus padres; no, ninguno de los que me han irritado la verá” (Números 14:20-23)

“¿Hasta cuándo no me creeran?” Ni siquiera estaba hablando de la promesa en si, sino de Él mismo. A veces la promesa puede venir acompañada de desafíos, como gigantes, ciudades fortificadas o ejércitos enemigos, pero es necesario creer en su bondad, en su amor, en su grandeza. Aunque gigantes o mares se coloquen delante de ti, Dios tiene lo mejor para ti y solo te queda descansar en Él.

“Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá”  (Salmos 27:10)

“Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová”            (Salmos 27:13)

El salmista tiene esa revelación, él no ve los hechos en si, sino la bondad de Dios. Una vez más, la fe se une a la gracia, no se une a la promesa, no es fe en la promesa, es fe colocada en la gracia, que por consecuencia engendra la promesa.

Restitución del tiempo

“Yo os restituiré los años que comió la oruga, el saltón, el revoltón y la langosta, mi gran ejército que envié contra vosotros” (Joel 2:25)

Recuperar el tiempo para el hombre es imposible, pero para Dios es completamente posible. Hoy es tiempo de oir y servir a Dios, no lo dejes para mañana, este es un tiempo nuevo en el que Dios te promete restituir los años perdidos. El diablo no roba solo salud, dinero, él roba existencias, roba los años, pero por encima de esto, toma esta promesa. Este versículo en particular habla explícitamente de años, de tiempo, los años que fueron consumidos. Obviamente este ejército se refiere a un mundo espiritual. La mayor excusa de las personas para decidir no servir en la obra es justamente el tiempo, pero presta atención, si en tu corazón, después de oir esta palabra, quieres recuperar el tiempo que el enemigo te robó, tiempo perdido que no te permitió servir y relacionarte con Dios, entonces el Señor te va a restituir esos años robados, esos años perdidos. El Señor se manifestó para deshacer las obra del diablo.

Fuiste escogido por Dios para este tiempo, con un proposito celestial. Cada uno de nosotros hará cosas extraordinarias, también en medio del servicio en la obra, cada uno conforme a su llamado.

 Hablar de la promesa debe ser un estilo de vida

“Canten y alégrense los que están a favor de mi justa causa y digan siempre: Sea exaltado Jehová, que ama la paz de su siervo” (Salmos 35:27)

El Salmo 35:27 dice “Digan siempre”. Es interesante la exhortación de la Palabra, debemos exaltar a Dios siempre, continuamente. Quizás podríamos pensar que decirlo una o dos veces es suficiente, pero el Señor dice que lo declaremos continuamente. Dios está feliz de hacernos prosperar, está feliz de sanarnos, está feliz de favorecernos, así que ¡vamos a glorificarlo!

“Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (Josué 1:8)

La Palabra de Dios no dice que seremos exitosos y prósperos porque pensemos positivamente, ni siquiera porque leamos mucho la Palabra, sino que debemos hablar la Palabra de Dios sin cesar, que no se aparte de nuestra boca. La palabra meditar en el original es jagá y significa pronunciar, proferir, hablar en voz alta.

Marcos 5 habla de una mujer que había estado enferma durante doce años. Había gastado todo su dinero en los mejores médicos, pero nada le había ayudado. Un día se enteró que Jesús pasaba por la ciudad. La escritura dice que ella se dijo a sí misma: “Si tan solo tocare el borde su manto, seré sanada” (Marcos 5:28). Nota que en medio de la enfermedad, ella profetizó salud. Cuando vio al Señor había una multitud amontonada a su alrededor, pero ella no se quejó o se desanimó, sino que en lugar de eso, continuó diciendo: “Este es mi momento. Las cosas van a cambiar a mi favor”. Mientras hablaba, se acercó más y más, hasta que finalmente extendió la mano y tocó el manto de Jesús y fue sanada al instante. Hay un principio importante aquí, ella no guardó silencio, sino que liberó su fe al hablar.

¿Quiénes creen en la restitución?

“Y tú también por la sangre de tu pacto serás salva; yo he sacado tus presos de la cisterna en que no hay agua. Volveos a la fortaleza, oh prisioneros de esperanza; hoy también os anuncio que os restauraré el doble” (Zacarías 9:11-12)

Solo podrán entender y creer los que continuamente vuelven a la fortaleza, la fortaleza es Cristo, “torre fuerte es el Señor, a él correra el justo y salvo será”. Solo podrán experimentar la promesa los que vuelven continuamente a Cristo y solo podrán entender y experimentar la promesa los que son prisioneros de esperanza. Nuestra esperanza está en el Señor, somos prisioneros de esperanza, no esperamos como solo “un tal vez”, esperamos con un “yo sé”.

“Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Romanos 15:13)

Congregar es la fuente para creer

“Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca”             (Hebreos 10:23-25)

La visita de María a Elisabet es un ejemplo de esto. Todos necesitamos ser alimentados en nuestra fe, necesitamos también ver continuamente los milagros que Dios hace en otros, necesitamos ver lo asombroso que es que aunque ninguno de nosotros merece nada,  aun así, experimentamos bendición. Quédate donde Elisabet, esa es la iglesia, tu fuente de fe.

“En aquellos días, levantándose María, fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá y entró en casa de Zacarías, y saludó a Elisabet. Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre” (Lucas 1:39-42)

“Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor” (Lucas 1:45)

“Y se quedó María con ella como tres meses; después se volvió a su casa” (Lucas 1:56)

Descargar Audio

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio