//Luis A. Núñez\\

En el libro de Números se nos detalla cómo estarían ordenadas las tribus del pueblo de Dios cada vez que acampaban. La forma de acampar era de tres en tres: al norte, al este, al oeste y al sur. En realidad, estaban en forma de cruz. Las tribus que apuntaban al oriente eran Judá, Isacar y Zabulón. Sabemos que todo en la Biblia nos muestra la obra redentora de Cristo. Como ya hablamos, el oriente habla de la obra consumada, las cenizas del Cordero sacrificado, el perdón de los pecados y la obra de redención.
Judá (Alabanza)
La razón de nuestra alabanza es porque Él es nuestra victoria, Él es nuestra alegría, Él es nuestra paz por causa de la obra redentora. Cada vez que el pueblo de Dios acampaba, Judá estaba al lado del oriente; es decir, la razón de nuestra alabanza es la obra consumada de Cristo. Alabar es reconocer su gracia, es reconocer su bondad.
(Efesios 1:5-7; Filipenses 1:11; Hebreos 13:15; Salmo 100:4-5)
Es imposible concebir la vida cristiana sin alabanza. Es parte de la expresión de nuestro espíritu que ha sido regenerado. En la ley, alabar era un mandato; en la gracia, es la expresión de nuestra nueva naturaleza. El Señor dijo que llegaría el día en que los verdaderos adoradores adorarían al Padre en espíritu y en verdad.
Isacar (Hombre de recompensa)
Otro significado es “Él es la recompensa”. Sabemos que Dios es recompensador de los que le buscan (Hebreos 11:6). También Él vendrá para llevarnos y darnos el galardón del Reino (2 Timoteo 4:8).
Cuando pensamos en galardón o recompensa, siempre pensamos en lo que nos dará o cómo nos premiará. Pero el mayor premio o la mayor recompensa no es lo que Él nos tiene preparado.
Cuando el hombre pecó contra Dios en el Génesis, condenó a toda la humanidad a estar separada de Dios eternamente, en condición de enemigo, ajeno a Él, porque su naturaleza fue cambiada a naturaleza de pecado. Pero Dios, en su perfecta bondad, ya nos había hablado acerca de lo que un día sucedería por la obra consumada de Cristo en la cruz.
Cuando el pueblo de Dios entró en la tierra prometida, todos recibieron herencia menos los levitas.
(Deuteronomio 18:1-2)
Éramos ajenos a Él, separados de Él, y ahora, por causa de lo que Cristo hizo en la cruz, Él no solo se acercó: ¡Él es nuestra herencia! ¿Recibes algo de Él? ¡Aleluya, yo lo tengo a Él!
Es la expresión del libro de los Cantares, que representa la relación de Cristo con la novia, que es la Iglesia.
(Cantares 6:3)
Otro ejemplo está en la historia del hijo pródigo. Cuando el hijo mayor le reclama la fiesta que hizo al hijo que volvió, diciendo que él nunca tuvo ni un cabrito para festejar con sus amigos, el padre le responde: “Siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo”. En otras palabras, le dijo: “Me tienes a mí”.
Él es nuestra mayor herencia.
Zabulón (Morada)
Zabulón, en la historia bíblica, era el último hijo de Lea. Ella le puso ese nombre con la esperanza de que Jacob viniera a vivir con ella. Ahora, por causa de la obra consumada, sin nosotros merecer nada, somos su habitación; somos, como Iglesia, su morada. Somos compatibles con su santidad, porque Él nos hizo santos. La clave es verte como Él te ve.
Eres templo del Espíritu Santo. Has sido transformado de naturaleza para ser morada del Dios santo. Como Él es, así eres tú.
(1 Juan 4:17)
Esto está relacionado con que tú eres santo. Él te hizo santo. Él llevó tus pecados en la cruz y, por causa de ello, Él vive en ti.
(Gálatas 2:20)
Esta verdad espiritual debemos verla desde dos aspectos: el individual y el colectivo. En el aspecto individual, Cristo está en nosotros; y corporativamente, estamos en Cristo.
El aspecto individual es absolutamente fundamental. Es porque Cristo está en nosotros que nacemos de nuevo, tenemos comunión con el Padre y recibimos todas las bendiciones del nuevo pacto.
Sin embargo, esta verdad espiritual tiene otro lado: también estamos en Cristo. El hecho de que Cristo esté en nosotros es algo individual, pero estar en Cristo es algo corporativo. Esto queda claro cuando entendemos que somos miembros de su cuerpo; para eso nos creó.
Estar en Cristo significa que fuimos incluidos en Él y nos convertimos en miembros de su cuerpo. Esa es la Iglesia. Observa esto: Cristo está en nosotros y, por causa de esto, todos nosotros estamos en Cristo.
El Señor dijo: “El que permanece en mí y yo en él, este lleva mucho fruto”. La fructificación abundante depende de practicar ambos aspectos. Necesitamos permanecer en Él si queremos dar mucho fruto. ¿Y qué es, prácticamente, permanecer en Él? Podemos decir que es permanecer en su Palabra y en la comunión del Espíritu, pero también es permanecer compenetrados con el cuerpo, con la Iglesia.
Experimentamos multiplicación cuando vivimos la vida de la Iglesia corporativa. El propósito eterno de Dios es que el hombre sea su morada eterna, y esta habitación ocurre de manera corporativa.
Desde el punto de vista individual, somos hechos templo de Dios, porque Cristo, en la persona del Espíritu Santo, vino a habitar en nosotros.
(1 Corintios 3:16)
Somos individualmente la habitación de Dios, pero hay una verdad más amplia: solo podemos ser un hogar corporativo completo para Dios. Pedro dice que individualmente somos piedras vivas de la casa de Dios.
(1 Pedro 2:5)
Si alguien toca a la Iglesia, en realidad está tocando a Cristo. Cuando se le apareció a Pablo camino a Damasco, el Señor Jesús le preguntó: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Pero Pablo no estaba persiguiendo a Cristo directamente; estaba persiguiendo al cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Sin embargo, si uno toca el cuerpo, toca a Cristo.
Hoy Cristo está sentado a la diestra de Dios Padre, pero debemos recordar que el cuerpo también está allí. No podía sentarse sin un cuerpo. Por eso Pablo dice que estamos sentados con Él (Efesios 2:6).
En Efesios 2:19-20, Pablo dice que la Iglesia es un templo, un cuerpo y una familia. Nuestra iglesia, nuestra célula, debe ser un templo, un cuerpo y una familia. Ese es el plan eterno de Dios.
Para crecer y multiplicarnos, debemos vivir en la plenitud del cuerpo de Cristo, que no es más que el funcionamiento de cada miembro movido por la vida de la Cabeza. Necesitamos profetizar en la vida de los otros, tener compañerismo, orar unos por otros y predicar el evangelio cada uno de nosotros. Todo esto es poderoso y, cuando lo practicamos, experimentamos los milagros de Dios y daremos mucho fruto.

