//Pr. Líbano Gamarra\\

Verdaderamente no podemos aferrarnos a vida en esta tierra, porque muy bien sabemos cada uno de nosotros que esta es pasajera. Podremos quizás vivir hasta 90 años o un poco más, debemos más bien aferrarnos a algo que es eterno, algo que no tenga fin y eso es la vida en los cielos.
“Y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. Pues este es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, Enderezad sus sendas” (Mateo 3:2-3)
“Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: ¡Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado!” (Mateo 4:17)
La vida en esta tierra es como un punto marcado con un lapicero en esta sala ¿alguien puede ver ese punto tan pequeño? nadie ¿verdad? aún ese punto pasa desapercibido, de igual manera, la vida en la tierra es muy corta, no vale la pena esforzarnos tanto por algo que no va a durar, en cambio la vida en los cielos con Dios, esa sí, es eterna y vale invertir en ella.
Haz tesoros en los cielos
“No os acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre destruyen, y donde ladrones penetran[a] y roban; sino acumulaos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre destruyen, y donde ladrones no penetran ni roban; porque donde esté tu[b] tesoro, allí estará también tu corazón” (Mateo 6:19-21)
No hemos sido creados para este mundo pasajero y limitado, sino para la vida eterna. El que se apega a las cosas materiales se verá despojado de todo tras la muerte, pues lo único que ha acumulado en vida, las riquezas, también perecerán. Sin embargo, lo que propone Jesús es vivir en este mundo con los ojos puestos en el cielo, nuestra verdadera patria y nuestro verdadero fin.
“Si permanece la obra de alguno que sobreedifica, recibirá recompensa. 15 Si la obra de alguno fuere quemada, sufrirá pérdida; pero él mismo será salvo, aunque así como por fuego” (1 Corintios 3:14-15)
De hecho Dios concede bendiciones, tanto temporales como eternas, gastemos sabiamente lo que tenemos mientras estamos en la Tierra, usemos sabiamente nuestros bienes. El amor a Dios nos hace anhelar servirle, lo que nos lleva a derramar con gozo todo lo que tenemos, por dentro y por fuera, para glorificarlo y ayudar a los demás. Desconectarse de las prioridades del mundo hace que el gran sacrificio no solo sea posible, sino también agradable. Nuestra relación con lo que tenemos puede ser complejo. Los recursos son limitados, los temores abundan. Se necesita madurez espiritual para manejar con sabiduría nuestro tesoro. Pídale a Dios que le ayude a invertir en el cielo.
Debemos atesorar al Señor Jesús por encima de todo. Cuando Jesús es nuestro tesoro, comprometemos nuestros recursos, nuestro dinero, nuestro tiempo, nuestros talentos a su obra en este mundo.Nuestra motivación para lo que hacemos es importante.
“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios; como también yo en todas las cosas complazco a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos” (1 Corintios 10:31-33)
Pablo alienta a los siervos diciéndoles que Dios tiene una recompensa eterna para aquellos que están motivados para servir a Cristo.
“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís” (Colosenses 3:23-24)
Cuando vivimos con sacrificio por la causa de Jesúso le servimos sirviendo al cuerpo de Cristo, acumulamos tesoros en el cielo. Incluso los actos de servicio aparentemente pequeños no pasan desapercibidos para Dios.
“Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa” (Mateo 10:42)
Algunos con dones más visibles (Véase 1 Corintios 12:1-13), tales como enseñar, cantar o tocar un instrumento musical, podrían tener la tentación de utilizar su don para su propia gloria. Aquellos que usan sus talentos o dones espirituales deseando la alabanza de los hombres en lugar de buscar la gloria de Dios, reciben su “pago” en su totalidad aquí y ahora. El aplauso de los hombres era lo que recibían los fariseos.
“Cuando ayunéis, no seáis austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa” (Mateo 6:16)
Sin embargo ¿por qué debemos trabajar por los aplausos de los hombres, cuando podemos tener mucho más en el cielo? El Señor será fiel en recompensarlos por el servicio que le prestemos.
“Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún” (Hebreos 6:10)
Nuestros ministerios pueden ser diferentes, pero el Señor al que servimos es el mismo.
“Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor” (1 Corintios 3:8)
El joven rico gustaba más de su dinero que de Dios (Mateo 19:16-30), un hecho que Jesús señaló. El problema no era que el joven fuera rico, sino que “atesoraba” sus riquezas y no “atesoraba” lo que podía tener en Cristo. Escogió el tesoro de este mundo y por eso no acumuló un tesoro en el cielo. No quiso hacer de Jesús su tesoro. El joven era muy religioso, pero Jesús puso al descubierto su corazón codicioso.
Se nos advierte que no debemos perder toda nuestra recompensa por seguir a los falsos maestros.
“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (2 Juan 1:8)
Por eso es tan importante estar en la Palabra de Dios diariamente
“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15)
Así podremos reconocer la falsa enseñanza cuando la oigamos.
Los tesoros que esperan al hijo de Dios superarán con creces cualquier problema, inconveniente o persecución que podamos enfrentar.
“Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos 8:18)
Podemos servir al Señor de todo corazón, sabiendo que Dios es quien lleva la cuenta y su recompensa será abundantemente bondadosa.
“Estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Corintios 15:58)

