//Pr. Eliud Cervantes\\

Como Iglesia estamos terminando un tiempo de Ayuno y oración y entraremos al tiempo de Evangelismo y Dios quiere usar a todos nosotros en este gran encargo. El apóstol Pablo en Romanos hace varias preguntas relacionadas a esto; pero quisiera resalta apenas dos de ellas:
“¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? 15 ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” Ro 10:14-15
Estas dos preguntas revelan la necesidad de personas que se dispongan a anunciar las buenas nuevas. Es importante reconocer que cada generación necesita de regeneración. Nunca podremos decir que ya logramos alcanzar a todos con el Evangelio. Nosotros somos responsables por esta generación, el llamado de llevar el evangelio por todo el mundo entero es para nosotros.
En ese proceso de anunciar las buenas nuevas, el Espíritu Santo te va conducir a cosas que nunca antes habías visto, o experimentado y te llevará a vivir experiencias diferentes.
“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. 2 Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; 3 y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. 4 Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.” Hch 2:1-4
Todos conocemos este pasaje y vemos que el Espíritu Santo es la llave cuando se trata de la salvación de las personas. Él no tiene substituto, no me avergüenzo del Evangelio ni del Espíritu Santo. Vamos a hablar de la importancia del bautismo en el Espíritu Santo en esto.
La promesa del Señor es:
“Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. 29 Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días.” Jl 2:28-29
Muchos cuando se habla del derramar del Espíritu, creen que es sólo para momentos especiales, pero Dios tiene planes más allá de lo que podemos pensar. En los últimos días el Señor derramará de Su Espíritu como nunca lo hemos visto. Solo un gran derramar del Espíritu Santo puede quebrantar las cosas del enemigo.
Jesús es quien bautiza en Espíritu Santo y fuego
“Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.” Mt 3:11
Aquí se escucha por primera vez en el Nuevo Testamento sobre el bautismo en Espíritu Santo. Esa primera vez, fue algo tan claro. Juan presenta a otro “bautizador”. Juan bautizaba en bautismo de arrepentimiento, en las aguas frías del Jordán. Pero parado en esas aguas, dijo: Jesús es quien bautiza con el Espíritu Santo y con fuego. Él es quien bautiza en un elemento diferente.
La palabra Bautizo, “baptizo en griego”, no era una palabra religiosa, era una palabra comercial, para los negocios. Significa ser sumergido debajo. Ej: las telas que teñían. Cuando sacaban la tela, tenía otro color, de la misma tinta, tenía el mismo carácter.
Jesús es quien bautiza, no en agua, sino en el fuego del Espíritu Santo. Entonces en minutos Él estará a tu lado sumergiéndote y te sacará del fuego, y el fuego estará en ti. La palabra dice que “Él hace a sus ministros llamas de fuego” (He 1:7).
Dios te creo para vivir en fuego
Cuando Dios creó el corazón del hombre, lo creó como un lugar que contenga fuego. El Dios que nos creó es el que creo el Evangelio para nosotros y nosotros para el Evangelio.
En el Pentecostés había 120 personas en el aposento alto y fue sobre todos ellos que el fuego vino. El fuego, el bautismo en el Espíritu Santo, es para todos los que fueron lavados por la sangre del cordero, es para ti también.
Cuando estás lleno del fuego, eres como la “zarza” en el desierto. Tu vida no es consumida, no eres tú quien mantiene ese fuego, sólo somos canales.
Había 120 lenguas de fuego, es decir, una para cada uno. Es como si Dios nos dijese que hay cada una flama que va con tu nombre incluido, está personalizada. ¿Por qué? Porque Dios es un Dios personal. Miren la naturaleza: dos hojas de plantas no son iguales, somos más de 7 billones y no hay uno solo igual que tú. Nuestro Dios es un creador y no un duplicador. Hay una unción para ti, es algo especial preparado para ti. Todos tenemos una unción original y por eso podemos servirlo de diferentes maneras.
La relación de la “lengua de fuego” con la lengua
La flama de fuego se conectó con la lengua y comenzaron a hablar en nuevas lenguas. No es solo hablar sabiduría humana, sino llena del poder para que los corazones de las personas sean transformados y se arrepientan de sus pecados. Es eso lo que va pasar estos días que anunciemos el Evangelio. Por eso siempre estemos conectados con el fuego: FLAMA – CON LA LENGUA.
“Asentándose sobre cada uno de ellos” (v.3) – El Espíritu Santo vino para habitar por siempre. Entonces, ¿cómo mantenemos el fuego? No somos nosotros que mantenemos, es Él que nos mantiene. En Belén Jesús fue encarnado, pero podríamos decir que el Pentecostés es la encarnación del Espíritu Santo.
Cuando el Espíritu Santo descendió, se revistió en 120 cuerpos y anunció su llegada por medio de la garganta de ellos. Nuestros cuerpos son el templo del Espíritu Santo. ¿Quieres saber la dirección residencial del Espíritu Santo? Es tu nombre, Él habita dentro de ti, dentro de mí. ¡Aleluya!
El Espíritu Santo fue enviado porque lo necesitamos
Nadie es digno de recibir al Espíritu Santo, si alguien sería digno, ya no necesitaríamos de recibir al Espíritu Santo. Él es el “poder” (Hch 1:8) que Dios da al que es humilde. Ej: Maratón – el atleta necesita poder no al final de la carrera sino al comienzo. Nosotros también necesitamos ese poder para correr la carrera.
Al Espíritu Santo Jesús lo envió, no porque lo rogamos, sino porque lo necesitamos. Es con Él que podremos ser testigos y anunciar las buenas nuevas en todo lado y hoy estamos reunidos para ser llenos de Su Espíritu. ¡Aleluya!

