//Pr. Luis A. Núñez\\

El problema espiritual de los problemas es que muchas de las presiones que enfrentamos buscan adormecernos y detenernos en el cumplimiento del propósito de Dios en nuestras vidas. Por eso, no es extraño ver a muchos cristianos, día tras día y año tras año, viviendo únicamente para resolver sus problemas. Incluso hay pastores detenidos en su caminar, porque su vida gira en torno a solucionar circunstancias temporales.
Romanos 8:35
¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?
Romanos 8:36
Como está escrito:
Por causa de ti somos muertos todo el tiempo;
Somos contados como ovejas de matadero.
Romanos 8:37
Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.
Si observamos el contexto de estos versículos, encontramos una realidad de lucha. Desde el versículo 31 se evidencia que esta lucha es contra alguien. Aunque podría parecer que se trata de personas, la Palabra enseña que nuestra lucha no es contra carne ni sangre, sino contra fuerzas espirituales. Por lo tanto, esta batalla es esencialmente espiritual.
Los versículos 33, 34 y 35 muestran el objetivo de esta guerra: acusarnos, condenarnos y separarnos del amor de Dios. Sin embargo, a causa de la obra consumada de Cristo en la cruz, surge una pregunta poderosa: ¿quién podrá lograrlo?
Observa que en el versículo 35 las circunstancias se presentan casi como si fueran personas. Esto se debe a que detrás de ellas hay una influencia espiritual. El problema no es la tribulación en sí, sino cuando esta se convierte en opresión.
Pero somos más que vencedores en Cristo cuando entendemos su amor. Por eso el apóstol Pablo oraba por tener la revelación de ese amor. Debemos estar seguros de que nada podrá separarnos de Él ni alejarnos de su presencia.
Condenación y salvación
2 Reyes 6:24–25
El Señor nos muestra constantemente dos realidades en la humanidad:
Condenación
El estado natural de la humanidad es de condenación, sin esperanza, desde Adán: una humanidad separada de Dios y destituida de su gloria (Romanos 3:23). Esto se refleja en la esclavitud en Egipto y también en la ciudad de Samaria sitiada por los sirios, donde el pueblo estaba destinado a morir sin esperanza.
Salvación
Pero Dios interviene con salvación sobrenatural. Así como en Egipto lo hizo mediante las plagas, también en esta historia trae liberación de manera milagrosa.
Este relato apunta proféticamente a la obra de Cristo. Un detalle significativo es el precio de la harina y la cebada, elementos relacionados simbólicamente con Cristo y su sacrificio. El “siclo del santuario” representaba el valor de la ofrenda. En conclusión, la señal dada por el profeta sobre la salvación de Samaria es una figura de la salvación en Cristo.
Los cuatro evangelios proclaman esta misma verdad, así como los cuatro leprosos que anunciaron: ¡hay salvación!
Sin embargo, vemos también el caso del príncipe que no creyó y murió. Esto nos enseña que la muerte está asociada a la incredulidad. Así ocurrió también con el pueblo de Israel que salió de Egipto, pero murió en el desierto por no creer.
No podemos callar
2 Reyes 7:9
“No estamos haciendo bien. Hoy es día de buena noticia, y nosotros callamos…”
Es tiempo de anunciar las buenas nuevas. En esta historia, callar se asocia con maldad. La experiencia de encontrar provisión —es decir, salvación— llevó a estos hombres a asumir el compromiso de anunciarlo, a pesar del desafío y la incredulidad de otros.
Esto está directamente ligado al propósito.
Nuestro propósito
2 Corintios 5:17–18
Si alguno está en Cristo, nueva criatura es. Pero es importante entender que el propósito no es llegar a ser nueva criatura, porque ya lo somos en Cristo.
El propósito es el ministerio de la reconciliación.
Cristo murió para liberarnos del pecado y reconciliarnos con Dios. Ahora, como nuevas criaturas, santos, justos y herederos, nuestra responsabilidad es expresar lo que somos en Él. Esa expresión nos capacita para cumplir el propósito: predicar el evangelio y llevar a otros a creer en la obra consumada de Cristo.
La expresión de nuestra nueva naturaleza nos impulsa al cumplimiento del propósito. En cambio, vivir según la carne lo detiene.
Por ejemplo, si alguien mantiene conductas como el vicio, el mal carácter o la inmoralidad, su testimonio pierde efectividad. Esto se convierte en una barrera para predicar el evangelio como un ministro competente.
Por eso, nuestra responsabilidad es reflejar lo que somos en Cristo.
Gálatas 1:23–24
“Aquel que antes perseguía, ahora predica la fe…”
El cambio visible glorifica a Dios.
¿Cómo creerán si no hay quien les predique?
Romanos 10:10–17
La fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios.
Esta pregunta nos confronta:
¿cómo creerán si no hay quien les predique?
Somos responsables de las personas que están a nuestro alrededor. Debemos levantarnos como atalayas, llevarles a Cristo y asumir el desafío de compartir esta verdad.
1 Pedro 2:9–10
Somos linaje escogido… para anunciar sus virtudes.
Cuidando al recién convertido
Hechos 9:10–19
Debemos cuidar a cada persona que se convierte, ayudándola a entender el propósito de Dios y guiándola en su crecimiento espiritual.
El ejemplo de Ananías nos enseña:
- Lo llamó hermano — le dio aceptación y confianza.
- Le explicó su experiencia — le ayudó a entender lo que Dios había hecho.
- Lo guió al bautismo — afirmó su fe con una acción concreta.
Conclusión
No podemos callar. Hemos recibido salvación y tenemos un propósito claro: anunciar el evangelio. Nuestra vida debe reflejar a Cristo para que otros puedan creer.
¿Cómo creerán si no hay quien les predique?

