Libera tu fe hablando antes de verlo y triunfa

//Pr. Eliud Cervantes\\

Querido hermano, cada vez que nos reunimos como Iglesia para escuchar la predicación del evangelio y ver a Cristo exaltado somos llenos de fe y podemos ver que nada es imposible para Dios, por tanto, no importa lo que estés enfrentando hoy. Sin embargo, Dios no trabaja solo, el deseo de Dios es trabajar en colaboración con nosotros. Nuestro Padre celestial no obra independientemente de nosotros. Busca personas que crean en su Palabra, la proclamen y oren conforme a ella; en esencia, que respondan con fe ¡Su poder se manifiesta cuando activamos nuestra fe!

La palabra del Señor dice que somos colaboradores de Dios (1 Corintios 3:9), no espectadores. Participamos en los milagros que deseamos ver. Nuestra parte es confiar, creer y declarar sus promesas, y nuestro Padre celestial nos dará su poder y logrará lo que solo él puede hacer: obrar el milagro.

Hay un hermoso ejemplo de esto en la historia de Abraham y Sara. Hebreos 11:11 dice:

“Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido”

Esa fuerza que recibió Sara no fue para llevar adelante un embarazo. Se refiere al poder de concebir. El vientre de Sara había envejecido y estaba fuera de su función natural; sin embargo, por fe, recibió la capacidad de concebir, su vientre fue renovado, y sucedió porque Sara creyó en la promesa de Dios por encima de su realidad natural.

Declara lo que Dios ve y no lo que tú ves

En Romanos 4:17 dice: “(Como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes) delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen”.

En este versículo vemos dos verdades poderosas acerca de cómo obra Dios: Primero, Él da vida a los muertos, como se ve en cómo renovó el vientre de Sara y, Él llama a las cosas que no existen como si existieran. Dios le había hecho esta promesa a Abraham mientras Abraham y Sara aún eran completamente estériles. Sin embargo, Dios dijo: «Te he puesto por padre de muchas gentes». ¿No es eso poderoso? Dios no hablaba de lo que podría ser; declaraba lo que ya había establecido en el ámbito espiritual, aunque nada había cambiado aún en el natural.

Entonces Dios hizo algo significativo. Les cambió los nombres. Abram se convirtió en Abraham, que significa “padre de muchas gentes”, y Sarai en Sara, que significa “princesa”. Desde ese momento, cada vez que pronunciaban el nombre del otro, proclamaban la promesa de Dios. ¿Por qué hizo eso Dios? Porque les estaba enseñando a decir no lo que veían, sino lo que Él veía. Fue así con nuestro Dios en la creación, Él dijo: haya luz, mientras se tenía oscuridad. La fe habla antes de ver el avance. ¡Esta es la esencia de la fe! Nuestro Padre simplemente quiere que confiemos en Él, fluyamos con Él y hablemos Su Palabra. Sin embargo, el camino del hombre es decir lo que ve.

Querido joven, estás hecho a su imagen. Eso significa que tus palabras tienen poder. Puedes traer luz a la oscuridad, esperanza a las situaciones desesperadas, fortaleza a las debilidades, no con tus propias fuerzas, sino mediante lo que nuestro Dios todopoderoso ha prometido en su Palabra. Si estás pasando por una situación difícil, no te rindas. No te quedarás en ese valle ni en ese punto bajo; lo superarás con el Señor, no te dejes llevar por el miedo y la ansiedad que envenenarán tu vida. Déjalos ir y deposita tus preocupaciones en el Señor, porque él se preocupa profundamente por ti (1 Pedro 5:7).

La cruz es el fundamento de nuestra fe

El fundamento de nuestra fe y la confianza detrás de nuestras declaraciones es la obra terminada de nuestro Señor Jesús. En la cruz, el Señor cargó con todo el peso del juicio de Dios. No solo cargó con nuestros pecados. Cargó con todo lo que el pecado conllevaba: enfermedad, miedo, pobreza, conflicto y carencia. Y gracias a lo que logró por nosotros en la cruz, somos perdonados, liberados del poder del pecado y hemos recibido el don de la justicia.

Cuando Él declaró: “Consumado es”, significó que todo obstáculo entre nosotros y Dios había sido eliminado. Hoy somos plenamente aceptados. Podemos acercarnos a nuestro Padre celestial, no con miedo ni vergüenza, sino con valentía. Y esta es la mayor bendición de todas: ¡la cercanía a nuestro Abba Padre!

Su sacrificio no solo cubrió nuestros pecados; fue un pago excesivo que también nos abrió el camino para recibir las abundantes bendiciones de nuestro Padre celestial. Sin embargo, muchos creyentes no disfrutan plenamente de estas bendiciones porque desconocen que ya las poseen. Por eso es tan importante escuchar la predicación sobre nuestra herencia en Cristo. Romanos 10:17 dice: “La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios”. Si no sabes qué es tuyo, no puedes disfrutarlo, aunque te pertenezca legalmente.

No dejes que las emociones definan tu discurso

Antes de que el enemigo ataque tu salud, tu alegría o tu futuro, suele atacar tu boca. ¿Por qué? Porque nuestras palabras tienen poder. Si él puede definir tus palabras, puede moldear tu mundo ¿Has notado cómo la generación actual suele ser mucho más despreocupada con sus palabras? La muerte y la derrota parecen estar entretejidas en el lenguaje cotidiano que escuchamos a nuestro alrededor. Es común escuchar: “Estoy ansioso”, “Estoy deprimido “, como si estos sentimientos los definieran. Pero nuestros sentimientos no son nuestra identidad en absoluto. Podemos sentir miedo, ansiedad o tristeza, pero en Cristo, somos la justicia de Dios. Esto no significa que ignoremos nuestros desafíos ni que pretendamos que no existen. Hay un momento para reconocerlo que enfrentamos. ¡Pero no te quedes ahí!

Al leer los Salmos, vemos que David clamó a menudo al Señor en su angustia. Pero nunca se limitó a expresar sus sentimientos. Siempre proclamó la verdad de quién es Dios y lo que había prometido. Recuerda, nuestros sentimientos pasarán, por tanto, deja que la Palabra de Dios y no tus emociones, moldeen tu hablar, y observa cómo la fe comienza a surgir en tu espíritu, la paz a anclar tu mente y su verdad a arraigarse en tu corazón.

Habla con la autoridad de un rey y un sacerdote

Como creyentes, no somos personas comunes. Somos uno con nuestro Señor Jesús, y su vida fluye en nosotros y a través de nosotros.La Biblia también nos llama reyes y sacerdotes en Cristo (Apocalipsis 1:6) y dice: «Pues la palabra del rey, es con potestad…» (Eclesiastés 8:4). Así que nuestras palabras tienen autoridad y poder.

Por eso es tan importante cuidar lo que decimos. L o que dices sobre ti mismo tiene más peso que lo que digan los demás. Observa cómo lo primero que el Espíritu Santo tomó posesión el día de Pentecostés fue la lengua de los discípulos. Él quiere llenar nuestras bocas con el lenguaje del cielo y su poder. Vivimos en una generación donde el enemigo ha secuestrado nuestra forma de hablar, pero es hora de que la recuperemos.

Hijo de Dios, tus palabras pueden estar de acuerdo con las promesas de Dios o con las mentiras del enemigo. ¿Qué dices de ti mismo o de tu situación hoy? ¡Recuerda quién eres y habla de acuerdo con tu verdadera identidad en Cristo!

Nuestra fe no es muda, ella habla

En Marcos 11:23, nuestro Señor Jesús dijo: “Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho.” ¿Ves cómo el Señor usó la palabra “dice” tres veces y “cree” sólo una vez? Muchos se esfuerzan más por creer, pero el Señor nos muestra un énfasis diferente: lo que dices es más importante. No se trata solo de creer en silencio, sino de declarar con valentía con la boca.

Si bien la oración es importante y hay tiempo para ella, hay momentos en que el Señor quiere que no solo hablemos de la montaña, sino que ordenemos a la montaña. Ya sea enfermedad, depresión, miedo, carencia o tensión familiar, ¡tú estás en Cristo y puedes  hablar en su nombre! No esperes a que Dios actúe. Él espera que hablemos.

Es hora de empezar a hablar con fe en nuestro día a día, confiando en que nuestro Abba será fiel en cumplir sus promesas, incluso cuando quizás no las veamos ahora. Él es el mismo ayer, hoy y siempre, y será fiel en cumplir su Palabra.

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