//Pr. Eliud Cervantes\\

Cuando vemos la Palabra del Señor, podemos percibir que las personas que recibieron y vivieron las promesas del Señor, no fueron personas de grandes calificaciones, sino de una fe audaz y sencilla. Gente que aprendió a pedir con valentía las bendiciones y promesas de su Palabra, y a nuestro Padre le encanta que le pidas mucho más.
Es una fe audaz y sencilla que traerá las respuestas de Dios a nuestras situaciones. Esa fe inclusive tendrá repercusiones de gran alcance en nuestros hijos y en los hijos de nuestros hijos. Por tanto, el deseo de Dios es que nos acerquemos a Él para que pueda responder abundantemente a nuestras peticiones.
Tenemos una herencia de nuestro Padre
Como hijos de Dios, tenemos una herencia de nuestro Padre que son todas las bendiciones y promesas de la Palabra de Dios: bendiciones espirituales, así como bendiciones físicas como sanación, provisión, protección, etc. Sin embargo, nuestra actitud hacia la herencia es sumamente importante, de ella depende que la recibamos o no.
En Génesis 25:29-34, Esaú mostró una actitud indiferente hacia su herencia. Era el primogénito, pero vendió su primogenitura a su hermano por un plato de comida. No le daba importancia conservar su primogenitura; la despreciaba. Las personas que tienen la misma actitud que Esaú hacia la herencia no heredan.
Hoy en día, la cuestión de nuestra herencia no es si Dios la ha comprado para nosotros, sino si la poseemos. Así que Dios nos da sabiduría para heredar nuestra herencia. Muchos de nosotros hemos estado recibiendo nuestra herencia a medida que la Palabra se ha ido difundiendo.
Un ejemplo de una fe audaz y sencilla
En el libro de Números encontramos un ejemplo de una fe audaz y sencilla. Este libro registra la población de las tribus de Israel. A veces, las tribus crecían y otras veces disminuían. El recuento de las tribus era importante porque la cantidad de tierra que recibían como herencia dependía de su número. En Números 26:52-56, Dios repartió la tierra entre las tribus según su tamaño. Cuanto mayor era su número, mayor era su territorio.
“52 Y habló Jehová a Moisés, diciendo: 53 A estos se repartirá la tierra en heredad, por la cuenta de los nombres. 54 A los más darás mayor heredad, y a los menos menor; y a cada uno se le dará su heredad conforme a sus contados.” Nu 26:52-54
Por tanto, debemos considerar mucho el crecimiento de nuestra célula o iglesia local como algo importante. Debemos traer gente a la iglesia y compartir con ellos el amor de Dios. Cuantas más personas se salven, mayor será la victoria que experimentaremos juntos y mejor será el mundo.
Este libro tiene mucho que ver con la herencia y el ejemplo de las hijas de Zelofehad en Números 27:1-4 nos muestra eso. Las hijas de Zelofehad querían heredar la tierra que Dios le había dado a su padre. Querían su herencia y lucharon por ella. Desafiaron el statu quo que impedía a las hijas heredar. Las hijas de Zelofehad tenían una fe audaz y sencilla.
Entonces, ¿cuál es nuestra herencia hoy? Hoy en día nuestras bendiciones son tanto espirituales como el perdón de los pecados, la irreprochabilidad y la plena aceptación en Cristo, conforme Efesios 1 lo declara. Pero también tenemos bendiciones físicas la paz, la sanación y la provisión para nosotros que Jesús la compró en la cruz.
Él carecía de bienes materiales para que “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Cor. 8:9).
No hay forma de pedir “demasiado” a Dios.
Estas mujeres pidieron con una fe audaz y sencilla. Esa fe sin duda será recompensada. A Dios le gusta que confíen en él. A Dios le encanta ser usado. Durante su ministerio terrenal, Jesús dijo que no vino para ser servido, sino para servir: “como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.” Mt 20:28
Cuando alguien recurría a su poder sanador, Él se detenía y se daba la vuelta para averiguar quién era, para poder darle la razón (véase Marcos 5:30–34). Cuando alguien bebía de Él cuando estaba cansado y hambriento, Él quedaba reanimado y saciado (ver Juan 4). Cuando nos nutrimos del Señor, Él se revitaliza.
Cuando Moisés presentó el caso de las hijas de Zelofehad ante Dios, Él respondió favorablemente.
“Y Moisés llevó su causa delante de Jehová. 6 Y Jehová respondió a Moisés, diciendo: 7 Bien dicen las hijas de Zelofehad; les darás la posesión de una heredad entre los hermanos de su padre, y traspasarás la heredad de su padre a ellas. 8 Y a los hijos de Israel hablarás, diciendo: Cuando alguno muriere sin hijos, traspasaréis su herencia a su hija”. Nu 27:5-8
Debido a las hijas de Zelofehad, se estableció esta nueva ley que permitía a las hijas heredar. Y es interesante que en los evangelios nunca se oye a Jesús decir: «Pides demasiado». Pero sí oímos a Jesús reprendiendo a sus discípulos, diciéndoles: «Hombres de poca fe». Por tanto, la fe es la mano que toma de Dios.
¿Qué habría pasado si las hijas de Zelofehad no se hubieran presentado a reclamar su herencia? Entonces todas las hijas de Israel habrían sido despojadas de su parte. Gracias a ellas, se promulgó una nueva ley que permitía a las hijas sin hermanos heredar de sus padres. Una fe audaz puede tener resultados asombrosos para otras personas de los que quizás ni siquiera te des cuenta.
Un simple acto de fe bendijo las siguientes generaciones
Las consecuencias de la fe inquebrantable de las hijas de Zelofehad trascendieron sus vidas. Muchas generaciones después, influyó directamente en el derecho de Jesús al trono de David a través del linaje de sus padres terrenales.
En el Antiguo Testamento, se profetizó que Jesús nacería como rey de los judíos a través del linaje de David. Pero llegó un momento en que el linaje del rey David se corrompió con la maldad. Roboam, hijo del rey Salomón, carecía de la sabiduría de su padre y trató al pueblo con dureza. Esto provocó que Israel se dividiera en dos naciones: el Reino de Israel, al norte, y el Reino de Judá, al sur.
Los reyes de Israel solían ser malvados, y los de Judá, temerosos de Dios. Se profetizó que Jesús vendría de la tribu de Judá. Pero el último rey de Judá, Jeconías, fue tan malvado que Dios pronunció una maldición sobre él:
“¡Tierra, tierra, tierra!, oye palabra de Jehová. 30 Así ha dicho Jehová: Escribid lo que sucederá a este hombre privado de descendencia, hombre a quien nada próspero sucederá en todos los días de su vida; porque ninguno de su descendencia logrará sentarse sobre el trono de David, ni reinar sobre Judá.” Jeremías 22:29-30
Tras este suceso, Babilonia los conquistó y los llevó cautivos. Desde entonces, ninguno de los descendientes del rey Jeconías heredó el trono, ni siquiera José, el padre terrenal de Jesús. Debido a la maldición sobre el rey Jeconías, Jesús no tenía derecho al trono a través de su padre José. Podemos ver el nombre de Jeconías en la genealogía de Jesús en el evangelio de Mateo:
“Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham… Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, en el tiempo de la deportación a Babilonia… y Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo.” Mateo 1:1, 11, 16
¿Cómo, entonces, tenía Jesús derecho al trono para cumplir la profecía? Por medio de su madre terrenal, María. Debido a la ley que establecía que las hijas podían heredar de sus padres, María, descendiente de otro hijo de David, podía heredar y transmitir el derecho al trono a Jesús.
Por tanto, vemos que a Dios le encanta que te acerques a Él y le pidas bendiciones con valentía. No creas las mentiras que el enemigo te cuenta. Mentiras como: “Has pedido demasiado. Has acudido a Dios demasiadas veces para pedirle bendiciones y ayuda”.
Todas las bendiciones y promesas de la Palabra de Dios fueron pagadas en la cruz. La fe jamás podrá exceder su saldo en el cielo. Y la fe tiene repercusiones de gran alcance en tus hijos y nietos. Dios no solo quiere bendecirte a ti, sino también a tu familia y a las futuras generaciones.

