Preparados para un tiempo de multiplicación

//Pr. Eliud Cervantes\\

Nuestro Padre nos quiere bendecir

Estamos en el año de la multiplicación, y como iglesia también entraremos en un tiempo de ayuno y oración. En este tiempo, debes tener en tu corazón el deseo de ver mucho más de nuestro Padre en cada área de tu vida. Esto podría ser diferente para cada uno de nosotros; pero independientemente de cómo se manifiesten estas bendiciones, todas fluyen de la misma fuente: nuestro Padre celestial, Él nos colma de beneficios todos los días (Salmo 68:19).

Ahora, es importante que creamos y nos aferremos a la palabra que hemos recibido que este año veremos la multiplicación. No podemos recibir lo que no creemos. Para creer, necesitamos saber lo que el Padre ha prometido, y lo encontramos en su Palabra.

Y podemos estar seguros de que experimentaremos esa “multiplicación” este año porque nuestro Padre celestial nos ama. La fe comienza con saber cuánto te ama el Padre y creer que su deseo siempre es darte lo mejor.

Ahora bien, eso no significa que no enfrentaremos pruebas; pero como dice 1 Pedro 1:6, podemos ser consolados sabiendo que cada prueba es solo temporal y que el Señor será fiel para sacarnos adelante.

Dale valor y prioriza la “buena parte”

Cuando Dios les dijo a los hijos de Israel que los llevaría a la tierra prometida, esa tierra era su herencia para bendecirlos y proveer para ellos. Hoy, nuestra tierra prometida es la Palabra de Dios. Es allí donde encontramos todo lo que Él desea que recibamos. Al dedicar tiempo a la Palabra, descubriremos cuán dulce y vivificante es. Por eso, este tiempo de ayuno, el deseo del Señor es que hagamos de Su Palabra nuestra prioridad.

En Lucas 10, nuestro Señor Jesús dijo que María había escogido la buena parte simplemente sentándose a sus pies y escuchando su Palabra, y que no le sería quitada. Marta, en cambio, estaba “afanada y turbada por muchas cosas”. La palabra griega para “afanarse” implica sentirse atraído en diferentes direcciones. ¿No es esto lo que muchos de nosotros también experimentamos hoy? Nos vemos arrastrados por el ajetreo de la vida, arrastrados en múltiples direcciones, y en poco tiempo, nos encontramos distraídos, ansiosos y abrumados y lejos del propósito de Dios.

Pero el corazón del Señor no es que estemos agobiados. Su deseo es que tengamos esa parte buena, como María, de estar en su presencia, sentados a sus pies, descansando y simplemente recibiendo de Él y viviendo para Él.

La Palabra de Dios lleva la unción del cielo. Es esta unción la que rompe todo yugo y trae verdadero alimento y descanso a nuestras almas. Es por eso que sentarnos bajo la predicación ungida o abrir la Palabra con un corazón que escucha puede edificarnos de una manera que ningún programa o audiolibro jamás podrá hacerlo.

Nuestro Padre quiere que reines en vida

La promesa de nuestro Padre para este tiempo es que podamos reinar en vida conforme dice Romanos 5:17: “Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia”.

La muerte nunca fue el plan de Dios para el hombre. La enfermedad, la pobreza, el miedo, la adicción y la destrucción son expresiones de la muerte que sobrevino por el pecado. Pero Dios desea que vivamos en comunión con Él y reinemos en vida. La obra perfecta y consumada del Señor Jesús en la cruz nos permite reinar en vida. ¿Cómo? Recibiendo la abundancia de la gracia y el don de la justicia. Así que, cuanto más nos aferremos a nuestra identidad justa y dependamos de la gracia de Dios, más nos encontraremos reinando sobre los desafíos de la vida.

Cuando reinas, tus adicciones no. Cuando reinas, la depresión no. Cuando reinas, el miedo no. Cuando reinas, la enfermedad no. Cuando reinas, ya no vivirás bajo el dominio de la oscuridad, la opresión ni tus circunstancias, sino que vivirás de la victoria que nuestro Señor Jesús ya te ha asegurado.

Amados, al sumergirse en la revelación y vivir en la abundancia de la gracia y el don de la justicia, comenzarán a ver la provisión y la victoria del Padre en cada área de su vida. Así que sigan escuchando y recibiendo, y comiencen a reinar en vida por medio de uno solo, nuestro Señor Jesucristo.

Porque has sido perdonado puedes recibir la multiplicación

Ahora, para reinar en vida y acercarnos al Padre con confianza, necesitamos una paz profunda en nuestros corazones. Y esta paz profunda no proviene de nuestro buen desempeño, sino de saber que nuestros pecados han sido completamente perdonados. Fluye de una conciencia perfectamente purificada por la sangre de nuestro Señor Jesucristo.

Esto no significa que, como creyentes, ya no pecaremos, ni es una licencia para vivir descuidadamente, sino que significa que ya no tenemos que vivir con un sentimiento constante de culpa o condenación. ¿Y cuánto se nos perdona? Efesios 1:7 declara:

“En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia”

Somos perdonados no por las riquezas de su gracia, sino conforme a ellas. ¿Quién en este mundo puede medir la inmensidad de la gracia de Dios?

Su perdón y gracia son tan amplios que la cruz cubre pecados de los que ni siquiera somos conscientes. Muchos creyentes creen que solo se les perdonan los pecados que recuerdan o confiesan. Por eso algunos viven con un persistente sentimiento de culpa y de no ser lo suficientemente buenos para acercarse a Dios.

La cruz no solo se ocupó de los pecados que recordamos. Se ocupó de todos nuestros pecados: intencionales, no intencionales, conocidos y desconocidos. ¡Cuánta gracia, cuánta misericordia!

No limites las bendiciones del Padre en tu vida

Porque hemos sido perdonados de todos nuestros pecados, podemos recibir todas las bendiciones que merecen los justos en Cristo. Y tu Padre quiere darte mucho, quiere multiplicar mucho más de lo que jamás podrás recibir. ¡Lo único que limita la provisión en tu vida eres tú!

Vemos esto en la historia del milagro de los cinco panes y los dos peces, mientras la gente tenía hambre y comía, Jesús siguió partiendo y repartiendo la comida. Pero una vez que la gente se sació, se acabó la comida, y aun así, sobraron doce canastas (Mt 14:20).

Queridos jóvenes, nuestro Padre celestial es El Shaddai, el Todopoderoso, el Dador. Y así como su provisión es mayor que nuestra capacidad de recibir, su perdón es mayor que todos nuestros pecados. Por tanto, dedica tiempo a meditar en estas verdades. Deja que se asienten en lo más profundo de tu corazón. Cuando lo hagan, tendrás una paz profunda en tu conciencia. Y desde esa paz surgirá la fe, y serás libre para acercarte a tu Padre y recibir de Él.

Así que, en estos días de ayuno y oración, prioricemos la Palabra. Sentémonos a los pies de Jesús y alimentémonos de la revelación de su obra terminada, del conocimiento de su gracia y de la conciencia de cuán perdonados somos y de cómo ya hemos sido hechos justicia de Dios en Cristo.

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