Temores que impiden que tengas expectativas (Parte II)

//Pr. Luis A. Núñez\\

La sombra no muestra la realidad

Todos los objetos proyectan una sombra, pero la sombra no nos permite saber con exactitud como es el objeto, solo nos da una idea. Cuanto más intensa es la luz proyectada sobre ese objeto, la sombra nos aproxima para ver la forma del objeto, pero no nos lo muestra con exactitud, la única forma de saber en si cómo es un objeto es viendo el mismo objeto, la sombra entonces nos muestra solo una aproximación de la realidad.

“Los cuales sirven a lo que es figura y sombra de las cosas celestiales, como se le advirtió a Moisés cuando iba a erigir el tabernáculo, diciéndole: Mira, haz todas las cosas conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte” (Hebreos 8:5)

Toda la forma de servir, los objetos del tabernáculo, los sacrificios y la ley eran solo sombra de la realidad, la única manera de ver la realidad es a través de Cristo, por eso este capítulo nos muestra eso, es decir, el Antiguo Testamento no puede mostrarnos la realidad, la realidad está en el Nuevo Testamento, se muestra con Cristo.

“Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan” (Hebreos 10:1)

Ver el Antiguo Testamento sin la luz de Cristo es mostrar lo que no es, querer hablar del carácter de Dios solo a través del Antiguo Testamento no nos muestra a Dios como es, la única manera es a través de Cristo. Todo toma la verdadera forma o se nos muestra la realidad a través de Cristo ¿Cual es esa realidad? La Biblia dice “Dios es amor”.

“Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él” (1 Juan 4:16)

La ley es buena porque nos muestra parte del carácter de Dios, la sombra de lo que Él es y fue dada primero al hombre para mostrar la santidad de Dios y segundo, para que este comprenda que su intento de cumplirla jamás lo salvará.

“Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Santiago 2:10) 

“Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20) 

“Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:28)

Por eso la Biblia dice que Jesús no vino para abrogar la ley, sino para cumplirla.

“No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplirla” (Mateo 5:17)

Cristo cumplió la ley en nuestro lugar y pagó la condena de muerte por el pecado según la ley, Él murió en nuestro lugar, Él se hizo maldición en nuestro lugar. Es el amor de Dios mostrado a través de Cristo que completa la realidad, que nos muestra quien es Dios, ya que en el carácter de amor esta insertada la rectitud. Dios es justo y Dios es amor, en su justicia su palabra tiene que ser cumplida y en su amor, la cumplió en si mismo.

La ley nos muestra las consecuencias del pecado del hombre cuando vive su propia justicia y su amor nos muestra la justicia de Dios que es Cristo.

“Porque seré propicio a sus injusticias y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades. Al decir: Nuevo pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer” (Hebreos 8:12-13)

Entonces no es que Dios cambió, Él es el mismo por los siglos de los siglos,  sino que Dios, ahora en Cristo, nos muestra primero la realidad de quién es Él y segundo, nos muestra que en nuestra justicia somos condenados y en su justicia somos perdonados ¡Aleluya!

¿Por qué se habla de un nuevo pacto? porque justamente a través de la ley (que como vimos no es mala, pues muestra una parte del carácter de Dios) Dios le permitió al hombre salvarse por el cumplimiento de ella, a través del esfuerzo propio y como tal, la infracción era penada y castigada, pero el hombre no podía cumplir la ley, entonces según esta ley estaba condenado, Dios en la expresión de su verdadera realidad, de su carácter completo que es amor, decide levantar otro pacto para el hombre a través de este pueda ser aprobado, en ese pacto nuestra victoria es a través de Cristo, porque el cumplió la ley, a través de Cristo nosotros cumplimos la ley, a través de Él nosotros somos aceptos, a través de Él nosotros somos santos. 

A través de esta verdad entenderemos muchas cosas que solo vemos como sombra, la condenación no nos permite tener expectativas y fe plena en Dios, porque solo queremos tener una relación con Dios a través del Antiguo Testamento. 

“Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado” (Gálatas 2:16)

Maldición hereditaria 

Este un concepto que se maneja principalmente en medio de las iglesias pentecostales como opresión vestida de piedad, como condena vestida de amor, como esperanza vestida de justicia propia ¡la maldición de los pecados de los padres a los hijos y de los hijos a sus hijos! Comencemos expresando que si existe la maldición hereditaria, pero para todos los que están fuera de Cristo, pero por otro lado, para los que están en Cristo ya no hay más maldición hereditaria, porque la Biblia dice que somos nuevas criaturas y las cosas viejas pasaron. 

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17)

“Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero, para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu” (Gálatas 3:13-14)

El Señor Jesús ya se hizo maldición por nosotros, pero a pesar de eso muchos vivien con temor a la maldición por causa del pecado de sus antepasados y caen en la condenación y en la ley de la justicia propia, actitud que se traduce en querer hacer cosas para romper esa maldición. Había un dicho en los días de Jeremías:

“En aquellos días no dirán más: Los padres comieron las uvas agrias y los dientes de los hijos tienen la dentera. He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá” (Jeremías 31:29 y 31)

En otras palabras, los hijos sufrirán el juicio por el pecado de sus padres. Esta afirmación está basada en lo que Dios dijo en el Sinaí.

“No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen” (Éxodo 20:5)

Está escrito en el Antiguo testamento, pero ¡Gloria a Dios! pues no estamos más en la antigua alianza, sino en la nueva alianza. El Señor Jesús ya pagó el precio completo por nuestros pecados, del pecado de nuestros padres y de los pecados de los padres de nuestros padres. El Señor Jesús no recuerda más nuestros pecados, el problema de nuestros pecados es tratado a través del nuevo sustituto, alguien perfecto, Jesucristo.

“Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones. Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado” (Hebreos 10:17-18) 

“Porque seré propicio a sus injusticias y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades. Al decir: Nuevo pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer” (Hebreos 8:12-13)

Esa es la principal diferencia entre las dos alianzas, el Señor en la Antigua alianza no se olvidaba de los pecados, por eso castigaba a los hijos y a los hijos de sus hijos, pero en la nueva alianza, Dios dice que de ninguna forma se recuerda más de los pecados. Si leemos cuidadosamente el contexto de Jeremías 31:29, el Señor dice que en la nueva alianza pondrá un fin al hecho de que si los padres pecaren, los dientes de los hijos quedarán embotados.

“He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová, pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” (Jeremías 31:31-34)

“Aquellos días” se refiere a la nueva alianza, en los días de Jeremías esto era una promesa, pero hoy vivimos esa realidad. En la cruz del Calvario el Señor llevó sobre si con todas las maldiciones. En Jeremías se habla de uvas verdes que embotan los dientes y en la cruz a Jesús le dieron el vinagre, que también embota los dientes, al beber el vinagre Él estaba cumpliendo la profecía de Jeremías 31, es decir, Él tomó la maldición que le correspondía a los hijos, por causa de los pecados de los padres

La imagen de un Dios castigador

Entonces ver solo el Antiguo Testamento sin entender la razón de la venida de Cristo y relacionarse con Dios a través de esta ley, hace que muchos vean a Dios como un Dios castigador y que todo lo malo que les pasa es por su pecado, por eso es que cuando el Señor Jesús sanaba a alguien solía decirles antes “tus pecados te son perdonados” porque entonces las personas al saberse libres de condenación creían en un milagro. 

“He aquí mi siervo, a quien he escogido; mi Amado, en quien se agrada mi alma; pondré mi Espíritu sobre él y a los gentiles anunciará juicio. No contenderá, ni voceará, ni nadie oirá en las calles su voz. La caña cascada no quebrará y el pábilo que humea no apagará, hasta que saque a victoria el juicio. Y en su nombre esperarán los gentiles” (Mateo 12:18-21)

Jesús vino para restaurar, para salvar, no para rematar, no para castigar, Él es la expresión del perdón, por eso ahora podemos entrar confiadamente ante su trono celestial.

Para entender mejor leamos:

“Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan. De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado. Pero en estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados; porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados. Por lo cual, entrando en el mundo dice: 

Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí. 

Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley) y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último. En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre. Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Y nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después de haber dicho: 

Este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones y en sus mentes las escribiré. 

Añade: 

Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones. 

Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado. Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca” (Hebreos 10:1-25)

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