Entrando en el reposo

 

//Pr. Luis A. Núñez\\

En algún momento explicamos que la salida de Israel de Egipto representa nuestra salida de la esclavitud del pecado y que a través de Cristo somos libres de toda condenación, somos salvos por la sangre derramada del Cordero. Allí comenzó la historia de Israel y de la misma forma, nuestra historia comienza cuando entregamos nuestras vidas a Cristo y fuimos salvos por el creer.

“Habló Jehová a Moisés y a Aarón en la tierra de Egipto, diciendo: Este mes os será principio de los meses; para vosotros será éste el primero en los meses del año” (Éxodo 12:1-2) 

Para nosotros la pascua se celebra era entre los meses de marzo y abril, pero cuando esta fiesta se instituyó en el Antiguo Testamento, Dios le dijo a su pueblo que esta fiesta marcaría el inicio, el primero de los meses, en otras palabras Dios les está diciendo: vuestra historia comienza aquí. Así es con nosotros, Dios nos dio una nueva vida, un nuevo comienzo.

La pregunta entonces es ¿Cómo es que vivimos esta nueva vida y cómo Dios actúa en medio de ella? Para el pueblo de Israel, fue una jornada de gracia, de amor, de una nueva vida, de una nueva oportunidad. La trayectoria del pueblo de Dios después de la Pascua simboliza la nuestra.

Quiero que veamos algo interesante, el tiempo que el pueblo de Israel necesitaba para trasladarse desde a la tierra prometida era bastante corto, la jornada debía haber sido muy rápida, sin embargo, les llevó 40 años. Esto nos enseña algo importante, existe mucho desperdicio de días en nuestra vida espiritual, porque toda resistencia que se expresa en incredulidad a Dios representa tiempo perdido. Es a través del creer y no de las obras que tenemos la oportunidad de disfrutar de una obra consumada.

Veamos lo siguiente en el libro de Números:

“Y Moisés los envió desde el desierto de Parán, conforme a la palabra de Jehová; y todos aquellos varones eran príncipes de los hijos de Israel” (Números 13:3) 

“Y volvieron de reconocer la tierra al fin de cuarenta días” (Números 13:25) 

Aquí se nos muestra que desde Cades (Desierto de Paran) los 12 espías demoraron 40 días en ir a inspeccionar la tierra prometida y retornar, es decir la tierra prometida estaba a menos de 40 días. Es más, probablemente la tierra prometida estaba solo a unos cuantos días, porque según Números 14:34, parece que fueron 40 días solo de reconocimiento, entonces parece que no se considero los días de ir y volver. Ya habían caminado 3 meses desde Egipto hasta el Sinai, luego Deuteronomio 1:2 nos muestra que desde Horeb (se llamaba así en Deuteronomio al monte Sinai) eran 11 días hasta Cades.

“Once jornadas hay desde Horeb, camino del monte de Seir, hasta Cades-barnea” (Deuteronomio 1:2) 

Desde Cades, que era el desierto de Paran, Moises envía a los 12 espías ¡estaban cerca!.

Números 14:34 nos muestra que fue determinado por Dios que caminarían 40 años, por no creer, por no confiar. Solo eran necesarias unas semanas, pero les tomó una vida entera. 40 años es la representación de una vida entera, de un ciclo. Aquello que podían haber conseguido en pocos días, les demoró una vida entera ¿Por qué?

Desconfiaron de Dios  (Números 13-14:36) 

Habían llegado a Cades Barnea, estaban a unos cuantos días de la tierra de la promesa y surge un acontecimiento terrible en medio del pueblo de Israel. La Biblia nos muestra que Dios habla con Moisés y le dice que envíe 12 principes, uno por cada tribu, para ir a espiar o reconocer la tierra de la promesa. Parece ser una propuesta celestial interesante, si viene de Dios no existe problema alguno, todo parece tener sentido. Sin embargo surge un problema muy serio, en realidad esta no es una propuesta que viene de Dios, no fue Dios quien les propuso inicialmente enviar espías, lo que ocurrió es que Dios estaba haciendo esto en respuesta a una petición del pueblo de Israel, miren lo que dice la Palabra:

“Y salidos de Horeb, anduvimos todo aquel grande y terrible desierto que habéis visto, por el camino del monte del amorreo, como Jehová nuestro Dios nos lo mandó; y llegamos hasta Cades-barnea. Entonces os dije: Habéis llegado al monte del amorreo, el cual Jehová nuestro Dios nos da. Mira, Jehová tu Dios te ha entregado la tierra; sube y toma posesión de ella, como Jehová el Dios de tus padres te ha dicho; no temas ni desmayes. Y vinisteis a mí todos vosotros, y dijisteis: Enviemos varones delante de nosotros que nos reconozcan la tierra, y a su regreso nos traigan razón del camino por donde hemos de subir, y de las ciudades adonde hemos de llegar. Y el dicho me pareció bien; y tomé doce varones de entre vosotros, un varón por cada tribu” (Deuteronomio 1:19-23)

Moisés, naturalmente hablando, era un buen estratega, los había conducido hasta allí y lo primero que les dice en el verso 21 es: “Dios te ha entregado esta tierra, toma poseción de ella” ¿Observas esto? Es la vida en la nueva alianza, “Dios te lo ha entregado”, es que todo ha sido consumado, de parte de Dios todo ha sido determinado, lo que nos toca ahora a nosotros es tomar pocesión. La propuesta de enviar espías no fue una propuesta de Dios,  fue una propuesta del pueblo de Dios. Ellos propusieron a Moisés enviar espías para ver si era cierto todo lo que Dios dijo, es decir desconfiaron y solo después de eso, Dios le dijo a Moises que envíe a esos hombres, solo que Dios le especifica que envíe principes, es decir, una vez más su gracia se manifiesta, teniendo tolerancia, teniendo paciencia. Ellos habían desconfiado, no necesitaban espiar y ver, solo necesitaban confiar.

Aunque aquel desierto era un lugar terrible (Deuteronomio 1:19), Dios los cuido y se manifestó de manera sobrenatural veamos:

“tú, con todo, por tus muchas misericordias no los abandonaste en el desierto. La columna de nube no se apartó de ellos de día, para guiarlos por el camino, ni de noche la columna de fuego, para alumbrarles el camino por el cual habían de ir. Y enviaste tu buen Espíritu para enseñarles, y no retiraste tu maná de su boca, y agua les diste para su sed. Los sustentaste cuarenta años en el desierto; de ninguna cosa tuvieron necesidad; sus vestidos no se envejecieron, ni se hincharon sus pies” (Nehemías 9:19-21) 

En esta nueva vida el Señor era su sustento, su protección y cuidado. Todo había sido diseñado por Dios para que experimentarán su cuidado, su amor, pero ellos no confiaron, no creyeron, obraron en la justicia propia.

Dios tiene el control de todo, pero ellos querían ver con sus propios ojos cómo era, no bastaba la promesa, no creían en la fidelidad de Dios, necesitaban ellos mismos cerciorarse que Dios no mentía. Dios expresa de manera claro este asunto en Números 14:11:

“y Jehová dijo a Moisés: ¿Hasta cuándo me ha de irritar este pueblo? ¿Hasta cuándo no me creerán, con todas las señales que he hecho en medio de ellos?”

En otras palabras Dios decia: “¿hasta cuándo me ha de despreciar este pueblo? No me creen a pesar de todas las señales que hice en medio de ellos”.

Cuando Dios dice ¿Hasta cuándo no me creerán? Él está intentando recordarles que no los había llevado al desierto para morir. Dios les dice: “no los traje para acabar con su historia, les traje para hacer historia, les traje para heredar una tierra buena, esa tierra es buena y se las daré”. Sin embargo, ellos no creyeron, querían comprobar por si mismos si eso era verdad, entonces Dios, en su infinito amor por ellos, tolera su incredulidad y le dice a Moisés que envíe príncipes, uno por cada tribu ¿Por qué? porque si no confiaban en la promesa de Dios ahora, los espias verían que lo que Dios dijo era cierto y entonces los del pueblo por fin creerían.

Dios siempre quiere llevarlos a creer y la única forma era a través de gente de influencia y eso precisamente eran estos príncipes. Dios siempre quería llevarnos a creer y en su  amor less da la oportunidad, aunque no merecían nada. El problema es que diez de estos hombres de influencia, influenciaron para desanimar, para no creer y como consecuencia de esto, el pueblo lloró y perdió propósito.

De las quejas a la rebeldía

Desde que salieron de Egipto, las circunstancias les hacían querer volver, a manifestar quejas constantes, pero a pesar de todo, continuaban caminando, pero en este punto van más allá, ellos se resisten a tomar la tierra de la promesa y deciden volver a Egipto, ellos dicen: “no, no iremos”, perdieron sentido, rumbo y propósito.

Dios ya les había dicho muchas veces cómo era Canaán, las naciones que allí había, cómo derrotarían a sus enemigos y que finalmente, les daría la herencia prometida; por tanto, no había necesidad de enviar hombres a espiar la tierra, pero la naturaleza humana prefiere andar por vista, no por fe. La desconfianza degeneró en rebeldía, ellos expresaron claramente que no entrarían: “volvamos a Egipto y si Moisés no quiere, nombremos otro representante y volvamos” (Números 14:4).

Dios no los castigo, simplemente ellos no merecían entrar en la tierra de la promesa porque no creían. Los recursos de parte de Dios ante el hombre se agotaron, no había nada más que se pudiera hacer.

“Todos los que vieron mi gloria y mis señales que he hecho en Egipto y en el desierto, y me han tentado ya diez veces, y no han oído mi voz” (Números 14:22)

Dios dice: “me han tentado 10 veces”, el numero 10 significa algo completo, total. Vemos algunos ejemplos, como diez mandamientos que representaban a todas las leyes en la Biblia, diez plagas para liberar a su pueblo, que representan todo lo que Dios es capaz de hacer para liberarnos, el diezmo representa todo lo que tenemos, las diez vírgenes que representan a toda la iglesia compuesta por prudentes e insensatos, los diez leprosos sanados por fe que representan al pueblo de Dios salvo por la fe, pero que en su mayoría decidieron vivir, nuevamente, bajo el ritual de la religión y muy pocos por la gracia,  es decir, Dios les dijo “han llegado a lo máximo”.

Podemos ver, además, que los 40 años en el desierto no fueron un castigo, porque esos años fueron años de provisión y de cuidado, no les faltó nada, sin embargo, no entrarían a la tierra prometida, no experimentarían el descanso, el verdadero favor. Dios no te desechará, no te abandonará, pero por tu falta de fe y confianza, no reinaras junto a Él, no serás participe de la promesa, la promesa estar junto a él y de tener un memorial delante suyo, que te permita ser un vencedor.

Entraron en la ley del esfuerzo propio

Ellos declararon: “no podremos”.

“Por tanto, juré en mi ira: No entrarán en mi reposo” (Hebreos 3:11)

Dios llama a la tierra prometida “reposo”, es decir, descanso. Eso solo es resultado de confiar plenamente en Él, la confianza en Él es descanso, es espera, es reposo. El deseo de Dios es el descanso para sus hijos. Sin embargo, cuando ellos dijeron “no podremos” estaban declarando que ellos lo harían, eso estaba en su corazón, nunca reconocieron que Dios los hizo llegar hasta allí. Esto es serio ¿realmente reconoces que todo lo que tienes, que el lugar donde estás, es porque Dios lo proveyó?

“Entonces respondisteis y me dijisteis: “Hemos pecado contra Jehová. Nosotros subiremos y pelearemos, conforme a todo lo que Jehová, nuestro Dios, nos ha mandado”. Os armasteis cada uno con vuestras armas de guerra y os preparasteis para subir al monte. Pero Jehová me dijo: “Diles: No subáis ni peleéis, pues no estoy entre vosotros; para que no seáis derrotados por vuestros enemigos”. Yo os hablé, pero no me escuchasteis; antes fuisteis rebeldes al mandato de Jehová, y persistiendo con altivez subisteis al monte. Pero salió a vuestro encuentro el amorreo que habitaba en aquel monte, os persiguieron como hacen las avispas y os derrotaron en Seir hasta llegar a Horma. Entonces volvisteis y llorasteis delante de Jehová, pero Jehová no escuchó vuestra voz ni os prestó atención. Por eso os tuvisteis que quedar en Cades todo ese tiempo que habéis estado allí” (Deuteromonio 1:41-46)

En números 14:43 dice que ellos se obstinaron, se empecinaron en hacer todo en sus fuerzas. Ese fue el engaño sutil en el corazón de Pedro descrito en Lucas 22:31-34.

Las promesas de Dios no se alcanzan por el hacer, sino por el creer en nuestro buen Dios. Ellos deberieron volverse a Dios, creer en Él, en su señorío, en su magnificencia, en su santidad, en su bondad, en su amor, en su gracia y en su perdón, pero no, ellos decidieron hacerlo en sus fuerzas. Aparentemente se arrepienten, pero el verdadero arrepentimiento, no es solo dejar de hacer aquello que está errado, sino es volverse al Señor, para depender de Él y creer en su santidad. La obediencia no es la raíz, para obtener frutos de bendición, la obedicencia es un fruto cuya raíz es el creer. Hay quienes dejan de hacer, pero en el fondo de su corazón aun no creen que Dios tiene lo mejor para sus vidas, que Él quiere librarnos de las consecuencias. Él dice: “que no suban a luchar para que no sean derrotados”, Dios no quería que sufrieran más, pero ellos no escuchan y sufren la consecuencias, ellos tenían que haber esperado en el Señor. El arrepentimiento parte de creer que Él es, por eso que decimos que la fe nos lleva a la obediencia.

Nuestros corazones necesitan volverse al Señor, para creer, para hacer todo en el descanso, para hacer todo creyendo en sus propósitos. Sé que son tiempos difíciles y de mucha incertidumbre, pero lo que debe afirmarnos, como dijimos el anterior domingo, es nuestra firmeza, nuestra fe en Cristo, en lo que somos en Él y lo que tenemos en Él.

No es ausencia de problemas, no es ausencia de circusntancias, es creer que en todo tiempo Él está contigo, que aunque pases por las aguas no te ahogarás y si por el fuego no te quemarás. El Señor diseñó para nosotros el descanso, somos una generación llamada a ser luz en medio de la oscuridad, este mundo agoniza en el miedo a la muerte y el miedo está siendo usado para consumirlo.

“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo” (Hebreos 2:14-17) 

Entonces ¿Qué es lo que menos deberíamos tener hoy como hijos de Dios? Temor a la muerte ¿Por qué? Porque confiamos en la vida que Él nos dio, en la protección y gracia ¡Aleluya! Entra en el reposo del Señor, en el descanso de Dios.

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