//Pr. Eliud Cervantes\\
Con frecuencia personas indignadas con algún cristiano, dicen que lo que más les molesta es su jactancia de afirmar que ya son salvos, desde su punto de vista, esto es una gran muestra de arrogancia y soberbia. Toda esa indignación puede ser fácilmente comprendida puesto que procede de un concepto equivocado al respecto de la salvación. La mayoría de las personas creen que la salvación es por las buenas obras y concluyen que apenas las personas muy buenas podrían decir que son salvas. Si alguien dice que está yendo al cielo porque piensa que merece entrar en él, este es el mayor de todos los soberbios.
Sin embargo, este no es el caso de los creyentes que declaran tener certeza de la salvación, pues nuestra certeza está basada en lo que el Señor hizo por nosotros. En este caso no hay ninguna arrogancia pues no confiamos en nosotros, sino en aquel que nos salvó.
En relación a la certeza de la salvación existen cuatro grupos de personas: los que no son salvos y saben que no son salvos; los que son salvos y no saben que son salvos; los que son salvos y saben que son salvos y los que no son salvos, pero equivocadamente creen que son salvos.
La falsa convicción es el resultado de una enseñanza equivocada. Es la doctrina del universalismo la cual enseña que todo hombre ya está salvo. Todos admiten que no son perfectos, pero creen que son lo suficientemente buenos y creen completamente que eso será suficiente delante de Dios. Sin embargo, sabemos que Dios exige una justicia perfecta para entrar en el cielo.
Por eso, la certeza de la salvación es una de las cosas más importantes para nuestro crecimiento espiritual. Cuando no tenemos esta convicción, no logramos relacionarnos con Dios correctamente. Pedro dice que la certeza nos libra de los tropiezos.
“Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 1:10-11)
No hay crecimiento espiritual sin tener certeza de la salvación. Por eso, debe ser entendida tan pronto nos convirtamos, quien está inseguro de su salvación no tiene un ancla espiritual, su alma no encuentra una roca donde apoyarse, vive lleno de dudas y de angustias pues aún teme al futuro.
¿Cómo alguien puede ser usado si no tiene certeza de su salvación? La verdad es que, inclusive entre los cristianos nacidos de nuevo muchos creen que no es posible saber con certeza si son salvos o no, pero esto es falso. Observa cómo Pablo tenía certeza de su salvación.
“Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:6-8)
“Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Timoteo 1:12)
Tú también debes tener esa convicción, quiero presentarte algunos argumentos bíblicos para fortalecer tu fe y tu convicción sobre la salvación. Percibe que no estoy diciendo que un salvo no pueda ser disciplinado o corregido por Dios.
La salvación es un regalo de la gracia de Dios
Nuestro gran problema es basar la convicción de nuestra salvación en nuestras obras. Si nos comportamos bien tenemos una gran convicción, pero si actuamos mal concluimos que no somos salvos o que Dios puede pedir de vuelta nuestra salvación. Si la salvación dependiera de nuestro esfuerzo, entonces cuando dejara de esforzarme podría perderla, pero la salvación es un regalo de Dios.
Una verdad fundamental que se enseña en la Palabra de Dios es que la salvación es por la gracia, no depende de nuestras obras, es un don de Dios, un regalo. El Señor Jesús pagó por nuestra salvación y ahora la recibimos completamente gratis por la fe.
Tu convicción de la salvación depende de tu comprensión de lo que significa la gracia de Dios. La gracia es el favor inmerecido. Si Dios nos da la salvación para que más tarde le devolvamos buenas obras, eso no sería gracia. La Biblia dice claramente que la salvación es un don o un regalo de Dios.
“Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23)
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, p ues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9)
El regalo de Dios es la vida eterna; así, no es posible perder la vida eterna que recibimos porque nos fue dada por gracia. Dios no nos da algo para que después lo devolvamos. Nuestro Dios no cambia, es eternamente el mismo. Si nos dio algo, no lo toma de vuelta.
Si cuando éramos pecadores, Dios nos amó al punto de darnos la vida de su Hijo, ¿Será posible que Dios rechace a alguien que después de haberse convertido se haya vuelto débil o inconstante? El amor de Dios no cambia, su gracia tampoco. Si existiera la posibilidad de que el creyente pierda la salvación, entonces habría posibilidad de que Dios pueda cambiar, pero esto es imposible.
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. (Jn. 3:16)
“Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Juan 13:1)
Otro punto importante es saber que el Salvador es más importante que la vida eterna que este da.
“El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:32)
Dios no nos da apenas la salvación, nos ha dado a su Hijo. Si Dios quiso darnos gratuitamente a su Hijo por nuestros pecados, ¿Consideraría tomar la vida eterna por causa de algunas observaciones a nuestro respecto? Él nos dio a su Hijo y nos dio la salvación. Si Él no puede reclamar a su Hijo de vuelta, ¿Por qué reclamaría la salvación? Por lo tanto, de acuerdo con la gracia de Dios, es imposible perder la salvación.
Un hijo no puede dejar de ser hijo
Tu salvación no es simplemente un libramiento del infierno, es mucho más que eso. Cuando el Señor Jesús murió en la cruz nos libró de la condenación, pero cuando resucitó nos dio su vida. La salvación incluye la regeneración, en otras palabras, ser salvo significa nacer de nuevo, significa que ahora recibiste la vida del propio Dios dentro de ti. Fuimos engendrados de la simiente de Dios y ahora somos sus hijos
“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12)
Somos nacidos de Dios, recibimos el poder de ser hechos sus hijos. Nacimos de nuevo por el Espíritu Santo de Dios.
“Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él” (1 Juan 5:1)
Dios nos engendró y ahora somos sus hijos, esta relación no puede ser deshecha. Un hijo engendrado por ti no puede dejar de ser tu hijo. Él se puede apartar, vivir lejos o incluso tener un mal comportamiento, pero no hay manera de que deje de ser hijo, es una cuestión de naturaleza, de ADN.
Lo mismo sucede entre nosotros y Dios. Recibimos poder de ser hechos hijos, aun si nos volvemos desobedientes e indisciplinados, somos hijos de Dios; es una cuestión de naturaleza y de relación, no hay manera de cambiar eso. No somos hijos de Dios por afinidad, somos sus hijos porque tenemos su naturaleza.
Muchos se resienten cuando decimos que somos eternamente hijos, dicen que esta enseñanza puede producir negligencia espiritual; pero eso es algo realmente extraño. Es como si dijera: “Ahora que descubrí que soy hijo y heredero, voy a destruir mi casa, voy a romper los vidrios, voy a acabar con todo”. Creo que la actitud es otra, ahora que sé que soy hijo voy a cuida mi herencia.
Somos miembros del cuerpo de Cristo y ese cuerpo no puede ser mutilado
La salvación de Dios es algo realmente grandioso. Cuando fuimos salvos también nos volvimos un espíritu con el Señor (1 Corintios 6:17), fuimos unidos a Él de una forma tan íntima que no podemos ser separados, esto se puede ejemplificar por la amalgama.
“Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él” (1 Corintios 6:17)
Una amalgama se forma a partir de algunos componentes que, al mezclarse, sufren un intercambio químico y forman un tercer elemento, pierden la característica anterior para formar otro elemento con característica distintas a las anteriores.
Aquel que se une al Señor es amalgamado con El, ya no se puede separar. Ahora no hay forma de retirarte de Cristo y mucho menos de quitar a Cristo de ti, el Espíritu de Cristo fue mezclado dentro de ti con tu propio espíritu ¡Ambos son uno!
Otro aspecto fundamental de esa verdad es que al ser unidos al Señor nos volvemos miembros de su cuerpo.
“Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular” (1 Corintios 12:27)
“¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo y los haré miembros de una ramera? De ningún modo” (1 Corintios 6:15)
Cuando un pecador se convierte, se vuelve unido al cuerpo de Cristo para ser un miembro de Cristo. Ahora, si fuera posible perder la salvación, significaría que el cuerpo de Cristo se podría mutilar. El cuerpo de Cristo no es apenas una ilustración bonita, es una realidad espiritual.
“De manera que, si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan” (1 Corintios 12:26)
En 1 Corintios 12:26 dice que, si un miembro del cuerpo sufre, todos los miembros sufren con él.

