La fe opera cuando hablamos


//Pr. Eliud Cervantes\\

Te has enlazado con las palabras de tu boca, Y has quedado preso en los dichos de tus labios” (Proverbios 6:2) 

Pocos reconocen la importancia de la confesión y su valor en nuestras vidas. Sin embargo, nada es más importante que nuestra confesión, a pesar de que casi nunca la mencionamos en los cultos.

La vida cristiana es llamada de “profesión” (jomología) ó “confesión (jomologuéo)”. En Hebreos 3:1, la palabra griega de la cual se traduce “profesión”, quiere decir: “reconocimiento” “hablar lo mismo”, o sea, “decir lo que Dios dice” o “estar de acuerdo con Dios en nuestro testimonio”. Confesar es decir lo que Dios dice en su Palabra acerca de nuestros pecados, enfermedades, fracasos, salud, salvación, victoria.

Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús” (Hebreos 3:1) 

Cuando las cosas no vayan bien, no se trata de lo que hicimos mal, sino de lo que creemos mal. Lo primero que el enemigo roba no son tus finanzas, salud, relaciones, etc., sino son la Palabra de Dios. Por eso es importante creer en lo que uno escucha y no solo creer sino mantenernos creyendo y confesar eso. Confiesa lo que eres en Él. Todo depende de lo que dices. Yo hablo de mi aquello que Dios dice a mi respecto.

¿Cómo funciona la fe? 

La fe funciona cuando hablamos. Confesar activa la fe, pero no debemos confesar cualquier cosa o cualquier pensamiento. Debemos tener pensamientos correctos, pues quien piensa correctamente actúa correctamente.

Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos”  (2 Corintios 4:13) 

La fe opera cuando hablamos lo que creemos. Ej: Creo que esta semana será horrible ¿Cómo Dios hizo todo? Dios creyó y habló. Fuimos hechos a imagen de Dios, somos hijos de Dios. Cuando Dios vio la oscuridad en Génesis 1:2, Él no dijo: “uuauu, esta muy oscuro”, por el contrario, Él dijo: “Sea la luz…y vio que era buena”. Dios nunca habló lo que Él vio, habló lo que Él creyó y vio lo que creyó; pero no la vio hasta que Él habló.

Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas” (Génesis 1:2-3) 

Podemos ver las noticias trágicas y negativas pero no declares esa situación, habla lo que crees. Y lo que crees viene del pacto con tu Dios, la Palabra del Dios vivo. Y Él prometió que suplirá de acuerdo con sus riquezas en gloria.

¿Crees que esta situación de la pandemia sorprendió a Dios? ¡Claro que no! Nada sorprende a Dios. En realidad vemos en la Palabra que Dios hace sus más grandes milagros cuando hay necesidad en su pueblo, no con el mundo. Ej: los pájaros comen en todo tiempo (Mateo 6:26)

Lo mismo podemos ver en Jesús. Él siempre hablaba en fe y lo que quería ver, no hablaba lo que había visto. Ej: el hombre de la mano seca, la muerte de Lázaro. Por eso, hay poder en las palabras y más cuando están alineadas con sus promesas.

Lo mismo pasó con los 12 espías que fueron a ver la Tierra Prometida, solo los dos que dijeron y que concordaron con lo que Dios había dicho, darles la tierra, fueron los que poseyeron la tierra, comieron uvas, prosperaron en la tierra y vivieron sanos; pero los otros diez no lo recibieron ¿por qué?

“Aquellos varones que habían hablado mal de la tierra, murieron de plaga delante de Jehová” (Números 14:37) 

Dios no puede hacer más allá de lo que crees. Dios trabaja en la fe porque Él es el Dios de la fe. Jesús, después de hacer milagros, constantemente decía: “Tu fe te ha salvado” y no “tus obras o tu buen corazón te sanó”. Jesús vino para que el justo viva por la fe, por su creencia ¡¿Amén?!

La justicia y las bendiciones vienen por la fe 

Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas” (Romanos 3:21) 

En el Antiguo Testamento las personas necesitaban tener obras, guardar la ley, ser obedientes para ser justos, pero ¡nadie lo conseguía! Por eso Dios envió a su Hijo Jesucristo que murió en la cruz y nos dio la dádiva de la justicia independiente de la ley.

¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne?”    (Romanos 4:1) 

Carne aquí se refiere al esfuerzo propio, no necesariamente a un pecado sexual. La carne es el esfuerzo propio que nos lleva al orgullo y la arrogancia de creer que podemos en nuestras fuerzas. Todo comienza con nuestra creencia, porque cuando crees en algo, es eso que hablas. Por eso, aprende a hablar lo que crees.

Es interesante que el diablo programó en el vocabulario del hombre la palabra muerte. Nadie dice: “Yo estoy viviendo por un helado”, ellos dicen “me estoy muriendo por un helado”.

Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia” (Romanos 4:2-3) 

¿Qué es lo que hizo Abraham para ser justo? Solo creyó y eso le fue contado por justicia. En realidad si vemos la vida de Abraham, él mintió dos veces sobre Sara, no era perfecto ni obediente del todo; pero Él era un hombre de fe.

Por la Palabra, Dios creó el universo de la nada. Fue haciendo declaraciones que Jesús realizó sus milagros. Hablar es algo poderoso porque Dios “ordenó”. Dios actúa así. ¿Qué es lo más importante? ¿saber lo que se enseña? ¡No! Sino declarar lo que sabes y crees. Ahora, no necesita ser un texto bíblico, pero tiene que ser basado en la Biblia.

El poder de nuestras palabras trasciende tiempo y espacio, por eso declara lo que ves para las siguientes semanas y meses. Fue eso lo que pasó con David:

Y añadió el filisteo: Hoy yo he desafiado al campamento de Israel; dadme un hombre que pelee conmigo. Oyendo Saúl y todo Israel estas palabras del filisteo, se turbaron y tuvieron gran miedo” (1 Samuel 17:10-11)

Dijo Saúl a David: No podrás tú ir contra aquel filisteo, para pelear con él; porque tú eres muchacho, y él un hombre de guerra desde su juventud” (1 Samuel 17:33)

Añadió David: Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará de la mano de este filisteo. Y dijo Saúl a David: Vé, y Jehová esté contigo” (1 Samuel 17:37)

Somos llenos del Espíritu para hablar con poder 

Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:2-4) 

La iglesia primitiva comenzó llena del Espíritu Santo. Al igual que el tiempo que estamos viviendo, ellos vivieron días difíciles, de persecución, encarcelamiento, muerte; pero ninguna de esas circunstancias hizo que ellos se callen, por el contrario, donde ellos iban daban testimonio y anunciaban el evangelio.

Esa debe ser también nuestra actitud en estos días. Estamos delante de días difíciles, pero Dios nos dio un arma poderosa, nuestra voz, nuestras palabras; pero para eso necesitamos ser hombres llenos del Espíritu.

¿Qué confesar? 

Simplemente confiese la Palabra de Dios en todas las ocasiones, delante de todas las circunstancias. Confesión es “afirmar verdades bíblicas”. Confesión es “repetir con nuestros labios lo que creemos en el corazón”.

El secreto de la confesión y de la fe es entender verdaderamente lo que Jesucristo realmente nos hizo y lo que somos en Él como resultado de su obra consumada. Ese conocimiento junto con la confesión de esos hechos libera fe en nuestro espíritu.

Declaremos en fe que días mejores vendrán en cada área de nuestras vidas, no porque lo merezcas, sino por causa del pacto que tenemos en Cristo Jesús. ¡Aleluya!

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