No pares hasta que hayas terminado

//Pr. Eliud Cervantes\\

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autoridad de la Iglesia

Hace unos dos mil años en estos días acontecía algo tremendo en la historia de la humanidad. Nuestro Señor Jesús estaba muriendo y resucitando, y a través de esa obra concedía a la humanidad la oportunidad de poder ser salvos de la condenación eterna y no solamente salvos, sino darnos también una vida abundante.

Allí en la cruz, nuestro Señor Jesús hacía una de las declaraciones más importantes en la vida cristiana: Consumado es

“Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.” Jn 19:30

La palabra “consumado es”, viene del griego “teleo”, que normalmente en los días de Jesús los siervos la usaban para informar a su amo: “he terminado la obra que se me ha asignado”. La palabra significa: “Está concluido, permanece concluido y siempre estará concluido”. Quizá la mejor manera de comprender el significado es como la usan los comerciantes: “La deuda ha sido pagada en su totalidad.”

Esta declaración trae una implicación poderosa para nuestras vidas y también un desafío. Todo lo que el cristiano necesita hacer hoy en día es descansar en esa obra consumada. ¿Y que es descansar en esa obra? Es creer que todo el trabajo para salvarnos y mantenernos eternamente perdonados, justos y bendecidos está consumado. Así que renunciemos a todo esfuerzo propio y simplemente descansemos en la verdad de que cualquier bendición o éxito que necesitamos ya es nuestro en Cristo Jesús por medio de su obra consumada.

Esa verdad nos debe llevar a vivir en plenitud lo que Dios planificó para nuestras vidas. El propio Señor Jesús mientras estaba en esta tierra, Él vivió e hizo lo que su Padre le dijo que haga.

“Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente… No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre” Jn 5:19, 30

Nuestro Señor Jesús no permitió que nada ni nadie le impida de vivir y cumplir la obra que su Padre tenía para su vida. Él no murió antes de tiempo ni tampoco se detuvo haciendo otras obras. Por eso al final de su ministerio aquí en la tierra Él dijo: Consumado es, es decir, la obra está terminada.

El encargo que tengo de parte de Dios en este día es que cada uno de nosotros en este tiempo y después de esta pandemia, vivamos a plenitud lo que Dios ha planificado para nuestras vidas. Y sabes lo mejor que podemos saber es que en Cristo la victoria y el cumplimiento de ese propósito ya está garantizada. Por eso, me gustaría ver contigo un ejemplo en la vida de un rey que Dios le dio la oportunidad de vivir mucho más de lo que él pudo experimentar.

El ejemplo del rey Joás

“Estaba Eliseo enfermo de la enfermedad de que murió. Y descendió a él Joás rey de Israel, y llorando delante de él, dijo: ¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y su gente de a caballo! Y le dijo Eliseo: Toma un arco y unas saetas. Tomó él entonces un arco y unas saetas. Luego dijo Eliseo al rey de Israel: Pon tu mano sobre el arco. Y puso él su mano sobre el arco. Entonces puso Eliseo sus manos sobre las manos del rey, y dijo: Abre la ventana que da al oriente. Y cuando él la abrió, dijo Eliseo: Tira. Y tirando él, dijo Eliseo: Saeta de salvación de Jehová, y saeta de salvación contra Siria; porque herirás a los sirios en Afec hasta consumirlos. Y le volvió a decir: Toma las saetas. Y luego que el rey de Israel las hubo tomado, le dijo: Golpea la tierra. Y él la golpeó tres veces, y se detuvo. Entonces el varón de Dios, enojado contra él, le dijo: Al dar cinco o seis golpes, hubieras derrotado a Siria hasta no quedar ninguno; pero ahora sólo tres veces derrotarás a Siria.” 2Re 13:14-19

Waoo! Que tremenda historia. Tenemos a un rey que estaba pasando una gran dificultad y buscó al profeta para tener una dirección de Dios.

Gran parte de lo que ocurre aquí no tiene sentido para nuestras mentes modernas. ¿Cómo podría quedar tan afectado el futuro de un rey por si golpeaba tres veces, cinco o seis? ¿Cómo podría saber él que tenía que ser seis el número mágico y que tres no bastaría? Claramente aquí estaba sucediendo mucho más de lo que parece. Ese no fue un error pequeño, porque la palabra dice claramente: “el varón de Dios, enojado contra él”. El rey comenzó con una promesa de una victoria completa, y después recibió mucho menos; ¿por qué? Porque se detuvo; dicho de otro modo: se rindió.

El hecho que el rey dejara de golpear la flecha estaba relacionado con su determinación de recibir la medida plena de la intención de Dios para él. Él se rindió y perdió la victoria. Sencillamente no la quiso lo suficiente. Cayó en la mediocridad.

La mediocridad es siempre una decisión segura, y es la decisión más peligrosa que podemos tomar. La mediocridad nos protege del riesgo del fracaso, y también nos separa de futuros de grandeza en Dios. ¡No debemos conformarnos! No subestimemos lo que Dios pretende para nuestras vidas.

Hoy podemos estar haciendo algo que necesitaste dejar de hacer ayer, pues no hay nada peor que ganar una batalla que nunca debiste haber peleado. Cada uno de nosotros tenemos un llamado y propósito único en nuestra vida, por eso no debemos

subestimar cuánto Dios realmente quiere hacer en nuestras vidas y a través de nuestras vidas.

¿Cuántas victorias habremos perdido antes incluso que hayamos comenzado la batalla? ¿Cuánto Dios habrá querido dar al hombre y quedó frustrado por la falta de determinación y ambición del hombre?

Cuando lleguemos al final de nuestra vida, será que podemos decir: “Di todo lo que tenía”, o ¿tendrás un sentimiento de vacío dentro de nuestra alma por habernos rendido pronto?

Muchas veces Dios nos está diciendo: “Toma tus flechas y dispara”, pero al igual que el rey, nunca oímos el mandato que dejemos de golpear y nos detenemos antes del tiempo.

Las flechas (las armas que Dios nos dio) no son para usarlas como decoración, son para la batalla. Debemos disparar las flechas, ellas solo tienen valor si la sueltas y va hasta donde tú mismo no has ido. Solo cumple su propósito cuando es lanzada.

Es muy probable que la vida que tanto deseamos debe estar más allá del lugar donde nos encontramos. No guardemos nada en esta vida para la siguiente vida.

Una sola vida para una eternidad

La manera como vemos la vida y nuestra existencia, tendrá un efecto radical en nuestra participación en esta vida. Cuando entendemos que solo tenemos una sola vida, es ahí que la viviremos con un sentido de mayor determinación por lograr el propósito de Dios. Cada uno de nosotros tenemos una sola vida, y solamente una, para dejar una marca en la historia, para estar alineados al propósito de Dios y cumplir su llamado.

Lo que hagamos en esta única vida tendrá una relevancia e impacto eterno. Lo que hacemos en esta vida tiene implicancias eternas. Tu historia no termina cuando dejas de existir, es apenas el comienzo de historia eterna; por eso, no debemos permitir que el temor nos robe nuestro futuro.

Que cada día caminemos por esta tierra sin guardar nada para la siguiente vida. Sin permitir que el temor nos mantenga atrapados. El momento en que queremos jugar la vida de manera “segura”, habremos perdido el juego.

Vivamos el ahora

“Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.” Mt 6:34

Esta vida no se trata de lo que puedes hacer o podrías hacer, se trata de lo que debes hacer. Se trata de ser consumido, cada día, por la importancia y la urgencia del propósito de Dios que es más grande que nosotros mismo.

Ese tipo de personas creen que si Dios ha puesto las flechas (propósito de Dios) en sus manos, las golpearan hasta que ya no puedan golpear más. Dios es quien pone el arco y las flechas en nuestras manos y nos dice que disparemos y que golpeemos, y en lugar de llegar hasta los límites de lo que Dios podría hacer en nuestras vidas a través de ella, creemos que lo que Él quiere hacer es pequeño y nos conformamos con lo que nosotros podemos hacer.

Tienes que saber dónde conformarte y dónde nunca conformarte. Mi llamado es a que no te conformes nunca con lo que Dios quiere hacer con tu vida. La mayor tragedia que puede pasar con nosotros es subestimar lo que cuánto quiere hacer Dios en nosotros y por medio de nosotros.

Vivamos la vida sin reservas, sabiendo que hemos dado todo lo que tienes, todo lo que eres, a la vida que se te ha confiado. Declarar que confiamos completamente en Dios nos llevará a asumir mayor responsabilidad en esta vida. Ciertamente la victoria es del Señor, pero fuimos llamados a ser los guerreros en medio de la batalla.

Tienes una sola vida para utilizar todo lo que se te ha confiado, por tanto, no guardemos nada para la siguiente vida. Seamos como el apóstol Pablo que acabó la carrera.

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” 2Ti 4:7-8

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